Joaquín Secco García
Joaquín Secco García

El crecimiento y la equidad

Es bien conocida la importancia que tiene para el país la producción agropecuaria. Directa o indirectamente emplea más de la tercera parte de la fuerza laboral y contribuye con alrededor del 80% del valor exportado. En la última década ha tenido un fuerte crecimiento cuya importancia se mide especialmente por su capacidad para difundir dinamismo al resto de la economía.

Es bien conocida la importancia que tiene para el país la producción agropecuaria. Directa o indirectamente emplea más de la tercera parte de la fuerza laboral y contribuye con alrededor del 80% del valor exportado. En la última década ha tenido un fuerte crecimiento cuya importancia se mide especialmente por su capacidad para difundir dinamismo al resto de la economía.

Muchos dirigentes políticos y sindicales consideran que el país debería industrializarse y “desruralizarse”. Lo malo es que las condiciones de competitividad son adversas para el crecimiento industrial. Lo bueno es que lejos de obstaculizar el desarrollo de la industria, el agro lo ha fortalecido aumentando la demanda por insumos y servicios.
Pero, un crecimiento muy dependiente de la agropecuaria es, a la vez, vulnerable. Sufre la baja de precios resultado del buen clima o la suba por el mal tiempo y la escasez. También los precios varían en función de las tasas de interés mundiales y los tipos de cambio. A ello se suman procesos que surgen más lentamente como la productividad, los hábitos de consumo, la competencia por la tierra y el agua para usos no agrícolas. Todo se resume en la fuerte variabilidad de precios y cantidades.

Depender del campo es vulnerable a menos que se implementen estrategias para mitigar el riesgo. Los países más exitosos en los agronegocios -EEUU, Nueva Zelanda, Australia- tienen buenos instrumentos para absorber los choques negativos. Tienen flexibilidad para bajar los costos, sistemas de comercialización muy eficientes, acceso a mercados, diferenciación de productos a fin de aislarlos de la competencia despiadada por el precio, están consistentemente a la vanguardia de la innovación, tienen sistemas eficientes de construcción de capacidades y sus ciudadanos entienden que los productores rurales no son piratas a quienes combatir y poner impuestos. El mayor secreto para alguien -país o familias- sometido a altos riesgos, es mantener reservas capaces de moderar los ciclos. Gastar todo, incurrir en déficit y endeudarse en el mejor momento va contra todas las lecciones.

Ahora se nos junta todo. El desastre de Ancap el desempleo del 9% en Montevideo, la agitación por el presupuesto, los consejos de salarios y el campo entrando en un período crítico que se seguirá agravando. La lechería y los granos son los sectores más golpeados pero no los únicos. El cierre de dos plantas lácteas que compraban leche por US$ 2 millones por día, el despido de trabajadores y la amenaza sobre algún millar de familias de productores, proveedores, empleados de tambo, fleteros. Para complicar, el clima juega en contra.

La prosperidad nos trajo más déficit, más inflación, menos competitividad, más endeudamiento, más burocracia, más remuneraciones a cambio de casi nada. No se crearon estrategias para moderar los ciclos ni para prever la flexibilidad necesaria para acelerar la recuperación. Es un síndrome repetido, un modelo con gérmenes de su propia destrucción.

Cuando se debilita la prosperidad que viene del exterior, se rompe el equilibrio entre crecimiento económico y bienestar social. A largo plazo, no hay continuidad ni en el crecimiento ni en la justicia social. Deshacer de noche lo que se construye de día. Crecemos más lentamente, pero especialmente dejamos pasar oportunidades extraordinarias.

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