Joaquín Secco García
Joaquín Secco García

Para que las cosas ocurran

Para hacer que las cosas ocurran y que ocurran siempre y de la mejor forma posible, es necesaria la visión y la programación estratégica. El largo plazo, el manejo del riesgo, la innovación, el manejo de la complejidad, de la diferenciación, de la construcción de reglas de juego estrictas.

Para hacer que las cosas ocurran y que ocurran siempre y de la mejor forma posible, es necesaria la visión y la programación estratégica. El largo plazo, el manejo del riesgo, la innovación, el manejo de la complejidad, de la diferenciación, de la construcción de reglas de juego estrictas.

En realidad se trata de diseñar y mejorar las piezas que hacen posible el progreso, entendiendo que este es un ejercicio que se cumple como una sucesión de éxitos y frustraciones sobre una matriz de tendencias positivas.

Nuestra sociedad ha sido bastante privilegiada en el contexto de la América hispana. Privilegiada por los recursos naturales, por las respuestas de los mercados, por las migraciones en una etapa del desarrollo especialmente fermental como lo fue la eclosión de la industrialización capitalista. Rápidamente sacamos ventaja del resto de países del continente quienes en su mayoría todavía luchan por lograr una difícil integración de civilizaciones.

El Banco Mundial, el FMI y el conjunto de los organismos multilaterales nos proclaman como los más prósperos, los más equitativos, los más educados y los más respetuosos de la ley. Algo que viene ocurriendo desde hace décadas. Cada gobierno que se sucede proclama el estado de cosas como un mérito propio. Pero lo cierto es que a largo plazo nos hemos alejado de los países más prósperos y equitativos y nos hemos acercado a los países de la región que ya nos superan en algunas conquistas.

Rastreando en la corta historia de nuestra sociedad, encontramos que los buenos momentos han estado correlacionados con buenos momentos de los mercados para nuestros productos. Las guerras o las explosiones de prosperidad de nuestros clientes. Muchos países como el nuestro, frente a las oportunidades que les abrió el comercio, dieron pasos gigantescos hacia modelos de crecimiento. El conocimiento, las reglas de juego y su cumplimiento, la articulación entre los ámbitos del crecimiento. Nuestro país muestra sectores modelo que atraen a los mejores empresarios, la mejor tecnología, la mayor penetración de mercados y resultados de calidad mundial. Pero deben promediar con un Estado muy grande, con empleados de escasa calificación, con muchas vacaciones y salarios mayores a los de los trabajadores privados. Probablemente el resultado más pobre por el dinero invertido. Entre un Estado que produce poco y gasta mucho y un sector privado con sectores muy eficientes pero poco extendidos, la ecuación se completa con Pymes de muy baja productividad y una extensa proporción de pobreza endémica que a veces flota y otras veces se hunde en las malas coyunturas.

No se trata de coyunturas un poco mejores o peores. Se parece más bien a un régimen que tolera el mal funcionamiento del Estado, el desempleo, la pobre calidad educativa, la delincuencia y el mal funcionamiento de las reglas de juego. Ha sido bien diagnosticado el efecto del mal funcionamiento sobre la competitividad, sobre las bajas tasas de inversión, sobre el desempleo y la pobreza, sobre la delincuencia y las pobres condiciones de vida. El progresismo ha derivado en el congelamiento de las ideas de las corporaciones que se quedaron estancadas desde los años 60.

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