Joaquín Secco García
Joaquín Secco García

Apostar al largo plazo

La gestión de los ciclos de las materias primas ha sido esencial para explicar éxitos o fracasos de los países latinoamericanos. El mejoramiento de los precios hace posible promover modelos de desarrollo apoyados en el largo plazo y en las reformas estructurales.

La gestión de los ciclos de las materias primas ha sido esencial para explicar éxitos o fracasos de los países latinoamericanos. El mejoramiento de los precios hace posible promover modelos de desarrollo apoyados en el largo plazo y en las reformas estructurales.

Eso lo logran países serios con democracias fuertes como Australia, Canadá o Noruega, naciones altamente dependientes de materias primas. Otros aprovechan la prosperidad sin corregir las deficiencias estructurales, de manera que las fases favorables terminan en burbujas efímeras. Venezuela es un extremo pero hay otros, como nuestro país, con mejor desempeño, pero sin la capacidad para remover los obstáculos más duros que frenan el desarrollo.

A la fase positiva del ciclo respondemos con una reacción procíclica. Aumenta el ingreso y el gasto privado. Simultáneamente lo hace el gasto público elevando la demanda por encima de la oferta potencial lo cual hace crecer los costos y los precios, en particular de los bienes no transables. Por esa vía cambian los precios relativos en perjuicio de los exportables. El cambio de los precios relativos está en la génesis del atraso cambiario.

Mientras los precios de exportación y los ingresos siguen subiendo, la situación es manejable. Cuando los precios descienden se reduce la diversificación y se “privatizan” las exportaciones. Por su parte, el gasto, las remuneraciones y los compromisos mantienen su inercia y se multiplican los riesgos sobre la estabilidad económica, especialmente para amplios sectores de la actividad privada. Los impactos dependerán de la gravedad de los desbalances. No se repetirá otro 1982 o 2002, pero tampoco sirve evolucionar a los tumbos.

Como los impuestos crecen más aceleradamente que el PIB y el gobierno recibe más ingresos de los que esperaba, al “espacio fiscal” le sigue imaginación para elevar el gasto. Cada organismo se comporta como un pequeño gobierno. Todos apoyan a los pobres, al empleo, a los niños, a los jubilados, a la salud, al deporte, siembran sorgo o construyen auditorios, asuntos para los cuales ya existen agencias y políticas especializadas.

La magnitud y los impactos de estos procesos, dependen, especialmente de la amplitud de la variación de los precios, de la duración del ciclo, del grado de apertura, flexibilidad y capacidad de ajuste de la economía y muy especialmente de la capacidad de las políticas públicas para focalizar sus acciones en el largo plazo y en los problemas del cambio estructural. Los “espacios fiscales” de estos años son una expresión de la debilidad estratégica, dando prioridad a gastar rentas circunstanciales como si fueran permanentes

Nuestro país está entre los más cuidadosos del continente, pero sus estrategias no garantizan el desarrollo expresado especialmente, por la reducción de la brecha social y la elevación de la productividad. No se ha neutralizado el efecto de la volatilidad de los ciclos ni se ha creado un entorno que favorezca la diversificación sostenible de la economía hacia bienes que no dependan de los recursos naturales. El agua, el viento, la agricultura y la playa siguen siendo las bases del crecimiento y está bien. El problema es que hay casi medio país dedicado a rastrillar rentas mientras las actividades urbanas más competitivas no despegan. Lo peor es que los nuevos sueños consisten en hierro y petróleo. Otra receta cíclica.

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