Javier García
Javier García

El silencio y la plata

Gustará más o gustará menos, pero en Brasil hay un gobierno democrático, ejercido por quien fue electo por la voluntad popular para ser vicepresidente, y por ello y en caso de acefalía temporal o permanente, ocupar la Presidencia.

Gustará más o gustará menos, pero en Brasil hay un gobierno democrático, ejercido por quien fue electo por la voluntad popular para ser vicepresidente, y por ello y en caso de acefalía temporal o permanente, ocupar la Presidencia.

Eso es lo que pasó de acuerdo a su Constitución. La tontería del golpe de Estado no se la creen en ningún comité. No hay golpes de Estado que respeten los derechos humanos y la libertad. En Brasil no hay un solo preso de conciencia; sí los hay por robar plata del Estado, por corrupción. Y por ahora son todos del PT. En Brasil no hay medios de prensa censurados ni cerrados por los militares ni apedreados por paramilitares. La prensa dice lo que quiere y los periodistas hablan contra el que se le ocurra con total libertad. En Brasil las Fuerzas Armadas no cantan consignas partidarias ni son el brazo armado de un partido político. En Brasil la Justicia es independiente y no una indecente escribanía política de un gobierno corrupto y autoritario. Todo lo contrario de Venezuela. Mejor dicho, de los gobernantes de Venezuela, porque no se debe ofender a un pueblo hermano y querido al que tanto le debemos por haber sido hogar para nuestros compatriotas perseguidos cuando aquí se sufría lo que ahora ellos sufren. Allí violan los derechos humanos a cada minuto, y una marioneta de los poderes más retrógrados y despóticos inflamado de consignas socialistas, ejerce la Presidencia. Ni Justicia independiente, ni libertad de prensa, ni garantías individuales. Todo ello es peligroso para ese gobierno y por eso encarcela, clausura y persigue.

Aquí el gobierno perdió el rumbo. Y en materia internacional anda por algunos caminos que tiran a la basura la dignidad que supimos tener y fue nuestro sello más respetado. Nin pierde la compostura y acusa al canciller brasileño de coimero político, y luego debe pedir perdón. Después, graciosamente interrumpe una reunión pública, y delante de cámaras muestra su celular recibiendo una llamada de la canciller venezolana y comenta entre risas que a esa pesada el único que la atiende es él (ni con los socios son delicados). Y luego saca un comunicado que es una entelequia que ignora al nuevo gobierno de Temer y halaga a Rousseff. Duros y acusadores ante la realidad brasileña y silenciosos y escondidos para no decir una palabra sobre Venezuela. La doble moral política en su máxima expresión. Les parece “injusto” un gobierno que respeta los derechos humanos como Brasil, pero se callan con cobardía frente a quien los viola en reiteración real.

Uno podría pensar que lo ideológico nuevamente primó sobre lo jurídico. Y nos acordamos de Mujica traicionando a Paraguay para agasajar a Venezuela. Pero a esta altura eso solo no lo explica. Algo más hay para hacer un silencio ominoso y defender la traición a la libertad que sufre la nación de Bolívar. No queda más que pensar en una cadena de favores, billeteras y ayudas económicas que tapizaron la relación del chavismo con sus amigos, entre ellos los uruguayos. Valijas o bolsos, donaciones o remesas, pero que la plata que circuló desde ese país petrolero, rico entonces y esquilmado ahora, hasta aquí compró silencios, no queda duda. No hay otra explicación. Y lo peor es que es tan estruendoso el silencio que no debe haber sido ni reclamado. Los que lo hacen suponen que lo deben hacer, de puro comedidos. Por ello, además, es tan indigno.

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