Javier García
Javier García

El país de los eufemismos

Decirlo suave y maquillado no cambia el sentido. La gente, decía Wilson, es mucho más inteligente que todos los dirigentes políticos juntos. Astori, el rey del eufemismo, inauguró esta moda llamándole a la decisión de gastar sin límite ni control “espacio fiscal”. Quería decir: “muchachos estamos de fiesta, a gastar que después vemos”.

Decirlo suave y maquillado no cambia el sentido. La gente, decía Wilson, es mucho más inteligente que todos los dirigentes políticos juntos. Astori, el rey del eufemismo, inauguró esta moda llamándole a la decisión de gastar sin límite ni control “espacio fiscal”. Quería decir: “muchachos estamos de fiesta, a gastar que después vemos”.

Hay plata, la economía crece así que hay que darle sin tener en cuenta que después la fiesta se paga, porque siempre se paga. La conclusión del eufemismo fue un déficit fiscal del 4% que fue el motivo y la causa del segundo eufemismo astorista: “la consolidación fiscal”, que quiere decir: “se nos fue la mano, ahora hay que tapar el agujero negro de la fiesta de Ancap, de Pluna, del Fondes, de los subsidios políticos al aparato frentista, de la gestión sin control”. Por eso se descargó con un enorme ajuste fiscal y tarifario, llamado en astorismo clásico “consolidación fiscal”.

El jueves en ADM Astori lanzó su tercer eufemismo: estamos en la “frontera” de la presión contributiva. Quiere decir: “la gente no aguanta más impuestos”. Y es verdad. Lo que es insólito es no asumir que el responsable de la “frontera” es el propio Astori, que no es ministro de casualidad, por sorteo o a partir de un llamado leído en el “Gallito Luis”, es el responsable máximo, total, de la política económica y tributaria de los gobiernos del 2005 a hoy. Su pretendida ajenidad es un insulto.

Ministro y padre de la reforma tributaria, del Fonasa que contó con su aval, del despilfarro de la empresas púbicas alentado por Mujica, y donde él como vicepresidente y jefe económico no dijo ni mu, del desastre de Pluna y Alas U que nos costó millones y fue un escándalo astronómico que involucró la, hasta ese momento, historia limpia del BROU, de la regasificadora y puerto de aguas profundas que fueron plata tirada al tacho y que son hoy protagonistas de justificar su ajuste fiscal, es decir su “consolidación fiscal”.

Si la economía fue cuna del eufemismo, la política exterior no fue menos, y la oscura alianza ideológica/política/de negocios con Venezuela lleva a que en ese país haya democracia como dijo Vázquez hace un mes, de un tipo al que no estamos “acostumbrados”.

La mancha no saldrá más, la falta de solidaridad con un pueblo de acogida de uruguayos perseguidos por los golpistas de aquí, que nos necesita y dejamos solos por unas monedas miserables que compraron la dignidad nacional de nuestros gobernantes, es una aberración. El eufemismo dice que la dictadura y el gorila de Maduro y sus cómplices son expresión de una democracia a la cual no estamos “acostumbrados”; diría Nin un tiempo atrás: Venezuela es una democracia “autoritaria”.

Como si fuera poco, en esa locura sin límites, ahora el Frente Amplio va a recibir a un gobernante de Corea del Norte, régimen donde todo es posible si un déspota asesino lo quiere. Este Uruguay de eufemismos no es el que nos da orgullo. No había dictadura que nos fuera ajena en su censura y en la solidaridad con los oprimidos, ni asesino de izquierda o derecha mundial que no fuera para un uruguayo solo eso, un asesino.

La plata, el PBI y las inversiones son variables que van y vienen, se gana y se pierde de acuerdo al momento. Lo que perjudica más profundo y por más tiempo si se pierden son los valores: la dignidad, la verdad y la defensa de la libertad. Y en eso no hay eufemismos.

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