Javier García
Javier García

La máquina de macanas

Tener problemas es normal, comprarlos sin necesidad es otra cosa. Enfrentamos muchos desafíos, económicos y sociales los más serios y en política internacional sincerar esta caja sin contenido que es el Mercosur.

Tener problemas es normal, comprarlos sin necesidad es otra cosa. Enfrentamos muchos desafíos, económicos y sociales los más serios y en política internacional sincerar esta caja sin contenido que es el Mercosur.

Es lo urgente. Lo que no era un tema nuestro porque pertenecía a una agenda de problemas internacionales en la que no teníamos arte ni parte es lo referido a la cárcel de Guantánamo. Ni pertenecía a la lista de intereses de la relación de Uruguay y Estados Unidos, y menos a nuestra relación con el mundo árabe. Sin embargo apareció un interesado: Mujica. Una loca carrera para lograr ser nominado Premio Nobel de la paz lo impulsó, seguramente alentado por alguno que le habló al oído a meterse en un fenomenal lío al cual caímos como fruto de una enorme improvisación y tontería política.

Como tantas de las cosas del anterior gobierno fueron, seamos sinceros, festejadas por mucha gente. Un discurso ramplón y de un populismo internacionalista liceal hizo que durante muchos días aquí se siguiera a los ex presos de Guantánamo paso a paso. Cada vez que salían al balcón de su vivienda las cámaras se prendían y se los saludaba cual campeones olímpicos a la vuelta de una competencia. Estos hombres fueron encarcelados sin proceso judicial alguno en forma absolutamente ilegal por el poderoso del mundo. Una cosa son sospechas sobre ellos y otra es un proceso justo. De eso no hubo nada. Nadie podrá discutir la ilegalidad de su prisión. Pero de allí a importar ese problema a Uruguay y hacer de su estadía aquí una especie de raid mediático cual estrellas televisivas es otra cosa. El presidente Mujica los visitaba, el Pit-Cnt con sus principales dirigentes se fotografiaba junto a ellos y los cuidaba con dulzura casi maternal, le organizaba asados de cordero y nos relataban por los medios cual era la receta que más les gustaba y como se debía cortar las porciones de acuerdo a su cultura. Paseaban por la rambla y una cámara los tomaba. El gobierno destinó subsidios y facilitó todos los aspectos de su vida.

No tardó mucho para que la improvisación de Mujica, otra vez, aflorara. Empezaron los problemas lógicos de adaptación y culturales, con su entorno y entre ellos. Poco a poco las cámaras se empezaron a apagar y los contertulios que hablaban de ellos como héroes de la lucha antiimperialista comenzaron a silenciar sus voces. Hoy ni Mujica ni el Pit- Cnt se aparecen por el apartamento dónde reside el ciudadano sirio del que se informa está en una particular y cinematográfica huelga de hambre. De paso digamos que es muy llamativo que alguien tan disminuido físicamente atraviese nada menos que Brasil en ómnibus para llegar a Venezuela como hizo hace poco y mucho más confuso su deportación desde allí. Los venezolanos parece que tienen otra visión más pragmática.

Lo que empezó siendo por humanismo para transformarse en un negocio de alojamiento de presos por venta de naranjas a EE.UU es ahora un enorme problema para Uruguay, de lo que el irresponsable Mujica no se hace cargo. No hay un uruguayo que tenga esto como una prioridad, sin embargo una vez más el vedetismo internacional de Mujica y su megalomanía camuflada de humildad fue aprovechada por EE.UU que lo endulzó con el premio Nobel y lo empaquetó como a un niño. Se dio cuenta que el ex presidente es más vanidoso que antiimperialista. Cómo cambian los tiempos.

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