Javier García
Javier García

Maduro no es bienvenido

Mañana asume el nuevo gobierno. Entre las visitas estará la del presidente de un país amigo, Venezuela. Este querido país, que supo ser solidario con el nuestro en momento difíciles, hoy está pasando tiempos de angustia por la falta de libertad y la violación de derechos humanos básicos.

Mañana asume el nuevo gobierno. Entre las visitas estará la del presidente de un país amigo, Venezuela. Este querido país, que supo ser solidario con el nuestro en momento difíciles, hoy está pasando tiempos de angustia por la falta de libertad y la violación de derechos humanos básicos.

La muerte, la cárcel y la censura campean allí. Su presidente, Maduro, es quien se ha dedicado justamente a violar las garantías, perseguir a su pueblo y alentar el odio y la división. No es un presidente ni de izquierda ni de derecha, no es nada. Es un mitómano con complejo de Chávez. Por lo menos a este último nadie podía de dejar de reconocerle su carisma desbordante. Al actual apenas se lo conoce por tener visiones de “pajaritos”. No es un currículum muy vistoso, coincidamos.

Que haya sido electo democráticamente no quiere decir que tenga derecho a violar los derechos humanos. La democracia es mucho más que la elección popular de las autoridades, es su prerrequisito imprescindible, su punto de partida. Es vigencia sin límite del Estado de Derecho y las garantías individuales, la libertad de pensamiento y expresión, es separación de poderes y Justicia libre e independiente, es aceptar y respetar las minorías. Decía Umberto Eco que la mayoría no da la razón, da el derecho a gobernar, que es bien distinto. Y si ese gobierno actúa afuera del Estado de Derecho y viola los derechos humanos, entonces no es democrático por más que haya sido electo. Está lleno el mundo de gobernantes electos que terminaron siendo dictadores.

Los populismos saben que sus apoyos dependen del dinero. No hay ideología en su base sino simplemente plata y favores. Por eso el chavismo, ahora madurismo, regó de petróleo y plata a las democracias del continente para comprar amigos políticos. Uruguay no fue ajeno. El dinero que exportó era el que le sacaba a su pueblo que se empobreció hasta el límite de que hoy uno de los países más ricos de la región ve a miles de personas en las puertas de los supermercados haciendo fila para poder comprar un rollo de papel higiénico.

Lo que está pasando allí no tiene excusa. Muerte en las calles, prisión a opositores y el presidente ordenando procesamientos judiciales por televisión. Eso no es democracia, es dictadura con máscara democrática, lisa y llana. No hay una democracia a la uruguaya y otra caribeña, como explican algunos.

Si el FA respalda a Maduro porque cree que es de izquierda, es señal que sigue sin aprender las dolorosas lecciones del pasado. Nadie puede defender que haya “democracias” que violen los derechos humanos. Maduro es una gelatina ideológica muy característica de los populismos, más basada en la patología delirante del gobernante que en un manual de politología.

El silencio vergonzante del gobierno uruguayo y la declaración del FA apoyando a Maduro no tiene explicación. Ni aún la plata regada por este lo justifica. Solo una terrible confusión política que se deslumbra cuando ve una boina roja puede explicar el dislate. No es el color de una boina ni la verborragia populista lo que hace progresista a un presidente, sino simplemente si es capaz de defender a su pueblo y garantizarle la libertad para vivir, educarse, trabajar, pensar y expresar lo que quiera en paz.

Maduro no es bienvenido, pero quede tranquilo que aquí se le garantizarán los derechos humanos que él viola en su país.

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