Javier García
Javier García

El gran glotón

La estafa al Fonasa deja al desnudo un sistema perverso. El socio de todos nosotros, nuestro “gran hermano” presente en cada rincón de nuestras vidas, el amigo Estado, se comió años de robos delante de sus ojos. El BPS, la DGI, el MTSS y cuanta oficina fiscalizadora y recaudadora ande en la vuelta, son implacables.

La estafa al Fonasa deja al desnudo un sistema perverso. El socio de todos nosotros, nuestro “gran hermano” presente en cada rincón de nuestras vidas, el amigo Estado, se comió años de robos delante de sus ojos. El BPS, la DGI, el MTSS y cuanta oficina fiscalizadora y recaudadora ande en la vuelta, son implacables.

Conocen cada movimiento que un uruguayo hace, si va al almacén qué consume y hasta la yerba que compra, no hay más secreto de ningún tipo, no ya el bancario, sino hasta el cable que contratamos. Nada se escapa, porque el fin último es recaudar y conocer bien a fondo a cada uno. La privacidad ya no existe porque del resquicio que pudiera quedar se encarga “el Guardián” de conocerlo.

Dirigentes políticos que diseñaron ideológicamente este sistema microscópico, tan celoso de la vida ajena, que socializaron la intimidad de personas y familias, mientras se preocupan por la gente de bien se comen una fenomenal estafa por la ventanilla del fondo. Toda la fuerza está puesta para perseguir al trabajador, al productor, al pequeño empresario; basta levantar la cortina de un kiosco para que en horas nomás, caigan inspectores de todos los colores. Sin embargo creaban empresas truchas con empleados fantasmas, y los dirigentes burócratas de ese Estado policíaco pagaba con plata pública a estafadores contumaces. El celo de las oficinas controladoras no estuvo para perseguir a tiempo a los ladrones, pero es muy hábil con el laburante.

El Fonasa es la quinta esencia de este descontrol. Recauda a mano abierta, tiene un déficit astronómico y todavía paga servicios por aportes que no recibe y empleados que no trabajan porque no existen esas empresas. Es un sistema que además restringe los derechos de los pacientes que solo pueden ejercer su libertad de elección en febrero, por el insólito corralito. Un socio puede estar desconforme con su mutualista, pero no puede irse de ella porque está acorralado, impedido de hacerlo. Paga por su salud pero no puede elegir con libertad dónde atenderse, porque la libertad no se ejerce con calendario. Sin embargo estafadores varios (a no comerse la pastilla del estafador solitario) donde seguramente hay gente de varios lados del mostrador público y privado, diseñaron una estructura simple: de lo único que se aprovecharon es de la falta de controles, no hay ninguna genialidad en la estafa, la única fue darse cuenta que lo que quiere el sistema es recaudar para que los jerarcas hagan conferencias de prensa y digan “aumentaron tanto o cuanto las empresas registradas”. Si eran verdaderas o truchas no importaba porque no lo sabían. Dicen que lo habían investigado pero en la Justicia no había ninguna denuncia. De la tan mentada formalización del trabajo de la cual el ministro Murro hace gala, es bueno destacar que en este caso está constituida por casi 100 empresas que no existen, y él era presidente del BPS cuando se registraban. ¿Alguien puede afirmar que no hay otras como ésta que aún no fueron detectadas?

Mientras lo que importe es sacarle cada vez más plata al que labura con sacrificio, siempre habrá lugar para el estafador. Mucho tiempo invertido en acosar al que trabaja a cara descubierta, a la luz del día, y nada para darse cuenta que con la plata de la gente de bien se les pagaba a varios que usaban antifaz. Persiguen tanto al contribuyente que se olvidaron de los delincuentes.

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