Javier García
Javier García

¡Qué cinismo!

El Día del Patrimonio este año estará destinado a la escuela pública. Toda una paradoja. El gobierno del Frente Amplio, con la ministra Muñoz, lanzó la idea central para esta edición: se recordará aquello que destruyeron y que fue patrimonio de los uruguayos hasta que el Frente Amplio asumió y terminó con una institución generadora de igualdad y equidad, distintiva de nuestro país.

El Día del Patrimonio este año estará destinado a la escuela pública. Toda una paradoja. El gobierno del Frente Amplio, con la ministra Muñoz, lanzó la idea central para esta edición: se recordará aquello que destruyeron y que fue patrimonio de los uruguayos hasta que el Frente Amplio asumió y terminó con una institución generadora de igualdad y equidad, distintiva de nuestro país.

Uruguay fue su escuela pública, sus aulas fueron los mejores espacios de inclusión social, de fermento republicano y cimiento de una sociedad integrada. El director era una institución rectora, al que todos veíamos medio de lejos como el garante de una casa que en el silencio de sus patios durante la hora de clase o en el ruido del recreo garantizaba tranquilidad, disciplina que educaba y contención para aquellos gurises que carecían de un hogar que se los brindara. En la escuela pública la palabra del maestro era sagrada, y acatada cuando ponía límites, como es natural, porque participaba del proceso educativo. Ahora si pone límites la maestra termina en una asamblea insultada, cuando no agredida. La maestra o el maestro ocupaban el lugar de jefes del segundo hogar.

Así fue siempre, a pesar de los vaivenes políticos y económicos que atravesó el país. Siempre hasta que asumió el Frente Amplio que tenía un discurso a favor de la educación pública y contra la privada. Pero todos sabemos que el discurso es eso, palabra, y no necesariamente praxis. Acá quedó claro que, después de 11 años de gobiernos llamados progresistas, se consolidó el mayor proceso de privatización de la enseñanza con crecimiento en la matrícula de colegios como nunca existió y devastación de la calidad de la educación pública, la que ahora con cinismo recuerdan y evocan. En los gobiernos frentistas se abrió la mayor brecha social en la educación, base de nuestra fractura social. A partir de estos hay una educación pobre para los más pobres y una rica, bilingüe, con computadoras y materias extracurriculares para los más ricos. Hay una escuela pública que tiene un mes menos de clases al año, y ni que hablar de la cantidad de horas menos que supone esto, cuando se comparan muchas veces días perdidos de horario simple contra días dictados en escuelas privadas de horario doble.

Se gastaron en un debate estéril sobre porcentajes del PBI que deberían dedicarse a la educación, que el 4,5%, o el 6% y se olvidaron, durante estos pésimos gobiernos enemigos y verdugos de la escuela pública, de lo más importante: la calidad de lo que se enseñaba y aprendían los chiquilines. Entregaron, además, el destino de la educación pública a las corporaciones. Los representantes de los padres y de los escolares, las autoridades legítimas representantes de la soberanía, son simbólicas. En la educación pública mandan los sindicatos, que defienden por definición sus intereses, que no son los de los alumnos y sus familias. Esto está en la naturaleza de las cosas. La escuela formaba, no solo instruía, ahora muchos niños salen sin leer bien dos frases de corrido. Un horror.

Por eso más que dedicarle el Día del Patrimonio hay que reconstruir de cero la escuela pública porque la demolieron. Pero eso no lo puede hacer un gobierno que tiene de ministra de Educación a quien desprecia a los maestros. Del nombre de nuestras maestras nos acordamos siempre, pero el de esta ministra se olvidará rápido.

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