Ignacio Sienra
Ignacio Sienra

Venezuela, Bolívar y Almagro

Hoy en Venezuela ningún ciudadano tiene posibilidades de hacer valer sus derechos; si el Gobierno desea encarcelarlos, lo hace; si desea torturarlos, los tortura; si quiere no los presenta a un juez; si se le da la gana, no instruye acusación fiscal.

Hoy en Venezuela ningún ciudadano tiene posibilidades de hacer valer sus derechos; si el Gobierno desea encarcelarlos, lo hace; si desea torturarlos, los tortura; si quiere no los presenta a un juez; si se le da la gana, no instruye acusación fiscal.

El ciudadano ha quedado completamente a merced de un régimen autoritario que niega los más elementales derechos”, escribió Almagro en el último informe para justificar la aprobación a la suspensión del desnaturalizado gobierno venezolano.

En su informe de 75 páginas el Secretario de la OEA desmenuza la situación del país caribeño y a través del mismo deja en claro que allí no hay democracia.

Por su parte, como lo escribió claramente el Dr. Guillermo Sicardi hace unos días, “Ahora, el presidente Vázquez no puede alegar la ignorancia que, por supuesto, nunca la tuvo. Honra su investidura y se distancia de ese régimen dictatorial y corrupto, o sigue siendo su cómplice. En la vida hay que elegir”.

Creemos firmemente que el Dr. Vázquez va a guardar silencio, y con esa actitud será sin dudas cómplice (ya lo es) del régimen dictatorial venezolano. No solo es cómplice, sino que sus manos, al igual que la de varios de sus correligionarios, están manchadas por la corrupción imperante en ese país.

Hay una obra reciente escrita por Axel Kaiser y Gloria Álvarez, sin desperdicio, que se titula “El engaño populista”. En ella analizan la anatomía de la mentalidad populista y concluyen que “el líder populista arenga al pueblo contra el no pueblo, anuncia el amanecer de la historia, promete el cielo en la tierra. Cuando llega al poder, micrófono en mano, decreta la verdad oficial (que normalmente es una falsa historia, como ocurre en Uruguay), desquicia la economía, azuza el odio de clases, mantiene a las masas -y a los sindicatos acotamos nosotros- en continua movilización, desdeña los parlamentos -y la justicia- y acota las libertades”.

Esto parece una tomografía computada o resonancia magnética de la situación latinoamericana. Pero lo más patente es lo que rescatan los autores; una carta del Simón Bolívar de 1830 a su lugarteniente, el general Juan José Flores en la que “El Libertador” le expresa que “La América es ingobernable para nosotros… la única cosa que se puede hacer en América es emigrar… este país (Venezuela) caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos (sic) casi imperceptibles, de todos colores y razas…”

Así Bolívar, cuya imagen ha sido groseramente desvirtuada en la historia latinoamericana, se despedía de este mundo, frustrado, deprimido y profetizando que América Latina estaba condenada a gobiernos de tiranos y criminales que impedirán a la región avanzar.

No hay dudas: si Bolívar resucitara hoy, y viera que en su nombre se instalaron populismos como los de Venezuela, Ecuador, Argentina, Bolivia, Brasil, Nicaragua y otros países centroamericanos, emigraría de manera inmediata.

Y tal vez le recomendaría a Vázquez -que seguramente ignora el verdadero pensamiento del caudillo caribeño- que en nombre de José Gervasio Artigas, se distancie lo más rápido que pueda del tiranuelo-amigo y ayude a que Venezuela recupere la democracia perdida.

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