Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

La OCDE y el desarrollo

Recientemente el ministro de Economía expresó públicamente que Uruguay podrá lograr en los próximos tiempos ser miembro pleno de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). No tengo información de cuán cerca estamos en el proceso, aunque comparto con el ministro la visión de que sería una muy buena estrategia para el país.

Recientemente el ministro de Economía expresó públicamente que Uruguay podrá lograr en los próximos tiempos ser miembro pleno de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico). No tengo información de cuán cerca estamos en el proceso, aunque comparto con el ministro la visión de que sería una muy buena estrategia para el país.

La OCDE es hoy una de las organizaciones multilaterales más aceitadas a nivel global. Sus miembros -los países más desarrollados del planeta- comparten estrictos estándares de calidad institucional. Para entrar en este selecto grupo es necesario ser invitado. Para ello no solo se espera que el país candidato cumpla con los estándares requeridos sino que presente una base ancha de consenso que sustente el camino elegido por las autoridades de turno. En esta columna voy a intentar contribuir con esta tarea. Fue con este espíritu que colaboramos con el estudio “Uruguay miembro de la OCDE: Un camino al desarrollo”, recientemente publicado por Pharos, cuya lectura recomiendo.

Para empezar, tengamos presente que el Centro de Desarrollo de la OCDE ya realizó un profundo estudio multidimensional con el fin de analizar a fondo la situación actual de nuestro país como potencial candidato a miembro pleno.

El estudio reconoce que somos un país estable y confiable, en el cual se respetan las reglas básicas de la democracia y los derechos de propiedad. En materia institucional estamos alineados con los estándares de la OCDE, e incluso mejor que varios de sus miembros. Esto no es algo menor. Sin embargo, también se establece que si Uruguay pretende converger a los niveles de ingreso y justicia social de los países de la OCDE vamos a tener que superar fuertes restricciones. La primera y más importante es la calidad de la educación: hoy el principal cuello de botella para alcanzar un estadio superior de desarrollo.

Las conclusiones del estudio de la OCDE no difieren de lo que presentamos en estas páginas en una columna titulada “Barreras a la productividad”. En aquella ocasión concluíamos en base a datos internacionales que las barreras institucionales del Uruguay (inestabilidad política, corrupción, inseguridad jurídica) son muy bajas y que afortunadamente se han consolidado en los últimos años; pero que las barreras operativas (infraestructura física, calidad y regulación del capital humano, peso del Estado relativo a los servicios que presta e inserción internacional) son elevadas y lamentablemente están subiendo.

Bajar estas barreras de-termina la agenda pendien-te que tiene el Uruguay para alcanzar los niveles de productividad de los países desarrollados hoy en la OCDE. Aunque nadie nos asegura que así suceda, parece lógico pensar que si uno se suma a un grupo con mejores estándares va a tener la presión positiva para tratar de converger.

Y tenemos mucho para ganar. En regulación laboral las barreras de Uruguay más que duplican en magnitud a las barreras de los miembros de la OCDE. Lo mismo sucede con las barreras asociadas a la calidad de la formación de capital humano y a la inserción internacional. En infraestructura física también las barreras son más elevadas que el promedio de la OCDE. En el peso del Estado en la economía parece no haber grandes diferencias entre Uruguay y los miembros de la OCDE, pero al mirar la contrapartida (la eficiencia con la que brinda los servicios el gobierno), surge una ventaja muy marcada a favor de los miembros de la OCDE.

Más interesante aún resulta observar la evolución de las barreras a la productividad en aquellos países que recientemente ingresaron, o que están avanzados en el proceso de ingreso a la OCDE: Chile, Colombia, Israel, Eslovenia, Estonia y Letonia.

Si analizamos a este grupo de países vemos un proceso continuo y bastante generalizado de reducción de barreras en relación a las observadas al inicio del proceso de ingreso formal a la OCDE: las barreras operativas caen 15% y las barreras institucionales 10%.

Es justo cuestionar estos resultados y preguntarse si de todas formas -con o sin OCDE- estos países no hubieran procesado reducciones de barreras debido a un proceso natural de desarrollo. Para completar el análisis es necesario ver lo que sucedía con las barreras en países comparables, países cercanos geográficamente y de un tamaño similar, que sirvan como testigo pero que no iniciaron el proceso de ingreso a la OCDE: Perú, Argentina, Chipre, Jordania, Lituania, Croacia y Ucrania.

Así se debe notar que en estos países testigo durante el período considerado, también se observa una reducción promedio de barreras del orden del 6%. Esta baja se debe a una caída del 13% en las barreras operativas sin cambios en las institucionales. El comportamiento diferencial entre los países que se incorporaron a la OCDE y los países testigo sugiere que el proceso de ingreso a la OCDE fomenta la reducción de barreras a la productividad.

Más allá de esta reducción de barreras que cuantificamos con datos del Banco Mundial y del Foro Económico Global, hay otros indicadores de las potenciales ventajas de iniciar el proceso formal de ingreso a la OCDE. Por un lado, los datos muestran que el ingreso a la OCDE hace sustancialmente más atractivos a los países para los inversores. Al mismo tiempo, se observa una clara mejora en la clasificación internacional de la deuda pública en aquellos países que inician el proceso para ser miembros plenos. En ambos casos, se puede ver un fuerte contraste con lo observado en los países testigo, lo que le da mayor sustento a los resultados.

Es cierto que existen li-mitaciones metodológicas -difíciles de evitar dada la escasez de casos disponibles para analizar- que impiden ser concluyentes con los resultados presentados. Al mismo tiempo, no puede sorprender que aquellos países que se integran a un grupo con estándares más exigentes aprovechen el impulso para mejorar.

Tenemos que convencernos de que la OCDE es mucho más que un grupo de países ricos que imponen regulaciones financieras al resto del mundo. Si bien la OCDE en Uruguay arrastra esa connotación desde abril de 2009, cuando nos incluyó en la lista negra de países que no adherían a su estándar de intercambio de información con fines tributarios, las ventajas potenciales de ser miembro pleno de la OCDE van mucho más allá. Seamos conscientes de que el ingreso a la OCDE puede ser muy beneficioso para nuestro país.

A nadie le gusta reco- nocer que se necesita una presión externa para hacer lo que se debe hacer. Sin embargo, muchas veces la presión externa es lo que termina por impulsarnos a hacer ejercicio o a comer sano. Lo mismo se aplica para los países. Y más aún cuando se tiene una agenda pendiente -en nuestro caso en educación, regulación laboral, reforma del Estado e inserción internacional- que se ha vuelto muy difícil de encarar.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)