Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

La más hermosa de las utopías

Luego de efímeras discusiones en el parlamento y algún ruido en los medios, el proyecto del Fondes está llegando a sus últimas etapas para transformarse en ley.

Luego de efímeras discusiones en el parlamento y algún ruido en los medios, el proyecto del Fondes está llegando a sus últimas etapas para transformarse en ley.

Desde fines del 2010, el Ejecutivo dispone de hasta un 30% de las utilidades netas del BROU para financiar proyectos productivos. En la administración Mujica se asignaron alrededor de US$ 50 millones para empresas gestionadas por los trabajadores. La actual administración prevé destinar otros US$ 36 millones para el mismo fin, que figura expresamente como el primer destino de asignación de los recursos del Fondes.

Este contexto nos ofrece una oportunidad para reflexionar sobre la esencia de los emprendimientos autogestionarios. Algo que últimamente no ha estado en el centro de la discusión, aunque sí algunas de sus consecuencias naturales. Así por un lado se dice que el Fondes tiene niveles de morosidad mucho más elevados que los presentados en la rendición de cuentas y por el otro se saca a relucir los históricos “perdonazos” de deuda del BROU.

El proyecto de ley del Fondes define a los emprendimientos autogestionarios como aquellos en los que la propiedad del capital, la gestión empresarial y el trabajo son aportados por el mismo núcleo de personas o en las que los trabajadores participan mayoritariamente en la dirección y el capital de la empresa. La esencia del emprendimiento autogestionario es que los socios son a la vez trabajadores y propietarios de los medios de producción, asumiendo ellos mismos las tareas de gestión empresarial. Es natural ilusionarse cuando se escucha a Mario Bunge decir que “la autogestión no es ni más ni menos que la democracia en el lugar de trabajo”, o a la Confederación Latinoamericana de Cooperativas y Mutuales de Trabajadores decir que la autogestión es una “forma superior de participación de los trabajadores”.

Pero la realidad es otra. Más allá de que la mayor parte de los emprendimientos autogestionarios en Uruguay son empresas recuperadas y más allá de que hoy toda la industria está en retroceso, la autogestión tiene en su esencia problemas de fondo muy difíciles de resolver.

Empecemos por ver qué caracteriza a las empresas gestionadas por los trabajadores. La Facultad de Ciencias Económicas recientemente realizó un estudio en donde compara a los emprendimientos autogestionarios con las empresas convencionales. Los datos muestran que los primeros presentan un menor dinamismo en materia de contratación de personal. También muestran una distribución de remuneraciones más plana, como resultado de que no solo tienen menos gerentes, sino que también estos ganan en promedio la mitad de lo que perciben trabajadores de similar ocupación en empresas convencionales.

A su vez, los emprendimientos autogestionarios presentan menores niveles de inversión, lo que tiene una explicación lógica. Una empresa convencional en funcionamiento usualmente financia una parte de sus inversiones con fondos propios que provienen de retener utilidades generadas. En la medida que los trabajadores se benefician de las inversiones solamente mientras trabajan en la empresa, es natural que haya menos interés en inversiones cuyo período de repago excede el horizonte de permanencia en la empresa. Este problema se podría minimizar con la creación de fondos específicos asignados para inversión, tal como se proyecta hacer en algunos casos conocidos.

Además de estos datos de la realidad, ¿hay algo más que explique la dificultad que tienen los emprendimientos autogestionarios para ser económicamente viables? Una posible respuesta data de principios de los 70, cuando los profesores de UCLA Alchian y Demsetz plantearon una línea de razonamiento general sobre la organización empresarial. El argumento se basa en la premisa de que una empresa es un grupo de personas que trabajando conjuntamente obtienen un resultado superior a la suma de lo que obtendrían trabajando cada uno por separado. Como en este trabajo grupal no es posible identificar con claridad la contribución de cada individuo, se abre la puerta para que algún miembro del grupo no contribuya con su mayor esfuerzo al resultado colectivo. En este marco, la sola duda de que alguien no transpire la camiseta desmotiva al resto a dejar todo en la cancha. El trabajo grupal para ser eficiente necesita de incentivos correctamente alineados. Es obvio decirlo, nada obvio cómo instrumentarlo.

Muchos emprendimientos autogestionarios cuentan con gerentes profesionales que controlan que todos transpiren la camiseta. Pero, ¿quién controla a estos gerentes? ¿La asamblea de trabajadores? El punto crítico del argumento de Alchian y Demsetz es que mientras no exista alguien con la potestad de apropiarse de los resultados residuales -aquello que queda sobrante o faltante una vez que se ha pagado a todos los demás miembros del equipo- no existirá un responsable de última instancia. Y esta potestad debe incluir también la responsabilidad sobre los resultados futuros, lo que se logra con el derecho a vender la empresa. He ahí el nudo gordiano de los emprendimientos autogestionarios.

En definitiva, esto sugiere cuestionarnos la utilidad de facilitar el acceso al crédito y de esa forma “prender una vela en torno a la autogestión” -como decía el primer presidente del Fondes- para esperar buenos resultados que no van a llegar. Si de todas formas pensamos que hay una ganancia social, más allá de los resultados económicos: ¿no sería mejor plantearlo como un subsidio explícito y que el debate vaya por esos carriles?

A pesar de lo anterior, se podría argumentar que a nivel internacional existen experiencias exitosas de autogestión. Sin embargo, es bueno notar que estas experiencias encontraron formas alternativas para suplir la falta de responsabilidad de última instancia. En el paradigmático caso de Mondragón Corporación Cooperativa del País Vasco es un holding el que ejerce la propiedad -por más que no la detente- y cumple ese papel. De hecho, su consejo directivo ejerce una ejecución coordinada de planeamiento con una única administración financiera y de decisiones de inversión para las 160 cooperativas que aglutina.

Mujica durante su administración definió a la autogestión como “la más hermosa de las utopías”. En esta columna buscamos fundamentar la última parte de la definición del expresidente. De la primera parte no existen dudas.

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