Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Por la sustancia

Capaz que es de viejo. O, quizás, es porque le tengo cariño y admiración a mi Partido y creo que al Uruguay no le irá bien si aquel pierde su identidad, su sentido, en definitiva, su contenido.

Capaz que es de viejo. O, quizás, es porque le tengo cariño y admiración a mi Partido y creo que al Uruguay no le irá bien si aquel pierde su identidad, su sentido, en definitiva, su contenido.

En estos días estamos presenciando un nuevo capítulo de la crisis que vive el Partido Colorado. Crisis que, cada vez más, parece terminal.

Muchos la ven como espectadores, con un interés puramente intelectual -si tanto. Muchos creen que el Partido Nacional es diferente: “a nosotros eso no nos va a pasar”.

Hay quienes reducen la explicación del descalabro colorado a una crisis de liderazgo, olvidando, injustamente, que el proceso comenzó cuando eran otros los que lideraban al partido. Están los que creen que la explicación está en que los colorados fueron olvidando o abandonando casi todas sus tradiciones, para quedar apoyados sobre una sola: el batllismo y que luego esa base le fue “robada” por el Frente Amplio.

Notorio es que yo me afilio bastante a esta tesis. Aunque no creo en los fenómenos políticos y culturales monocausales, que explican por una sola fuente, mucho de cierto hay en sostener que la crisis del Partido Colorado es de contenidos.

Somos diferentes, sí. O, mejor dicho, el Partido Nacional es diferente, pero eso no quiere decir que a nosotros no nos pueda pasar algo parecido.

¡Guarda!

Si descuidamos o menospreciamos nuestras raíces, nuestras bases, nuestros contenidos, no nos sorprendamos si a los ojos de la gente empezamos a aparecer un partido sin sentido, sin mucha razón de ser. Sin atractivo

Abdón Arosteguy, integrante del Comité de Guerra del Partido en 1904, tiene una frase que siempre me pareció preñada de contenido: “solo un partido que ha hecho el culto de su tradición y se ha identificado con ella tiene la esperanza de mantener la cohesión durante su larga historia de proscripción”.

No es cosa de viejos, cosas del pasado. “Se acabó la política del sobretodo y el poncho”. ¿Cuántas veces lo hemos oído? ¡Qué comentario tan superficial y tan zonzo!

La savia del Partido no nació en las patriadas y tampoco se agotó cuando la realidad las hizo irreales. El ser del Partido va más allá de su folklore, tan conmovedor y atractivo. Es también eso (ningún otro partido se vive de igual manera). Pero es eso y mucho más. Y ambos, eso y mucho más, es lo que estamos dejando marchitar, cuando no lo menospreciamos abiertamente.

Está bien querer modernizar al Partido. Rejuvenecer su estilo. Perfecto. Pero para que sea “más” Partido Nacional.

El Partido es Oribe, consustanciado con las instituciones que sostienen a la Nación, el Defensor de las Leyes

El Partido es Saravia consustanciado con la Democracia en la defensa del voto y de la “dignidad arriba y el regocijo abajo”.

El Partido es Herrera, consustanciado con la identidad nacional del país dentro de una visión geopolíti-ca tan patriótica como realista.

El Partido es Wilson, quien en un momento de crisis, primero política y luego institucional, supo hundir las dos manos en las raíces del Partido, para hacerlo vibrar con sus cuerdas más nobles, reviviendo el pasado heroico y generoso, primero en sus símbolos y luego en la realidad personal de una lucha desigual pero apasionada por la libertad.

El Partido es Lacalle, consustanciado con la responsabilidad de demostrar que el Partido sabe cómo ejercer el gobierno, apegado a la ley, franco en su discurso, moderno, sin medir costos, sin vender espejitos, con una noción y una visión de país, dejando atrás una obra sobre la que muchos cacarearon pero ninguno se animó a desarmar.

El Partido Nacional es todo eso y además su espíritu generoso y quijotesco, recogido y revivido en sus canciones. Eso, eso y mucho más: todo aquello que sus integrantes y sus líderes hagan por rejuvenecerlo y aggiornarlo, manteniendo su sentido y renovando su vigencia, sin perder esa mística única.

Por estos días se oye decir que, “al Frente no se le gana por la derecha”. ¿Será? Capaz. Pero lo que sí parece probado hasta ahora, es que por el otro lado no le hemos ganado. Ni cerca.

Dejemos de mirar al Frente y de redescubrir derechas e izquierdas de un juego que inventaron otros y seguimos sin darnos cuenta.

Si se van a seguir encarando los problemas graves que enfrenta el Uruguay con viejas categorías ideológicas, jamás les haremos mella. A la decadencia educativa, la marginalidad, la droga, el descalabro de la familia, la falta de competitividad, la violencia y la inseguridad, no le pudieron ganar en estos últimos diez años, por la izquierda.

En cambio, en el patrimonio intelectual, espiritual y afectivo del Partido Nacional están los principios y la empatía adecuados para abordar estas miserias del ser humano. Solo un partido que cree en la libertad del hombre, en su dignidad singular y su dimensión espiritual, que está impregnado de idealismo y conciencia del ser nacional, tiene posibilidades de hacerlo.

Por lo menos durante los próximos años, concentrémonos en la sustancia.

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