Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Lo real encima de lo político

Y de lo ideológico: de lo contrario, vamos a terminar como los dinosaurios.

Y de lo ideológico: de lo contrario, vamos a terminar como los dinosaurios.

El Uruguay politiza todo. Además, está lastrado por una cultura con fuertes componentes ideológicos, conservadores: frente a problemas reales y en muchos casos muy viejos, como la marginalidad y la educación, rápidamente afloran los reflejos políticos e ideológicos: la herencia neoliberal, la incapacidad frentista… etc.

Ya basta.

Es hora de enfrentar la realidad y de reconocerla. Después de haberlo visto fracasar durante tantos años y bajo distintos gobiernos, llegó la hora de reconocer que el Estado uruguayo no tiene las condiciones mínimas necesarias para poder encarar con perspectiva de éxito el problema de la marginalidad.

No el estado frenteamplista: el Estado uruguayo. Bajo el gobierno que sea. Simplemente no tiene la capacidad de abordar esa realidad humana, dura, compleja y profunda. Y tampoco está en condiciones de reformarse adecuadamente para ello.

No lo estuvo ayer, no lo está hoy y no lo estará mañana, bajo un nuevo gobierno y si seguimos presos de nuestras inercias políticas e ideológicas, no lo estará jamás. No se trata de una apreciación política o ideológica. Se trata de una constatación irrefutable.

Lo mismo ocurre en otros campos, muy notoriamente con la educación. No es un descubrimiento mío, el mismo presidente Vázquez lo confesó en los hechos cuando inventó el Plan Ceibal, dejando de costado todo el andamiaje estatal y gremial de la educación estatal.

Esa es la realidad. Tomemos un tiempo, de paz y reflexión, para reconocerla sin reaccionar con defensas o ataques, cargados de excusas y acusaciones cruzadas. La realidad no es ni progre, ni neoliberal: Es. Y mi planteo no busca ganar batallas políticas o ideológicas.

Si llegamos a liberarnos de lo que nos impide reconocer la realidad en que vivimos (desde hace décadas), habremos dado un gran paso hacia la transformación que todos reclamamos. Si reconocemos que el Frente Amplio no puede con el Estado uruguayo pero que tampoco podrá con él quien gane las próximas (varias) elecciones, habremos conseguido dejar de gastar energías ladrándole a la luna.

Claro, siendo nuestro país lo que es y nosotros tan pocos que todos nos conocemos, la reacción no demorará, acusándome de volver sobre el viejo tema de la privatización.

Pues no. Sigo creyendo que frente al empantanamiento de la clásica herramienta de nuestra democracia, privatizar es, en muchos casos, una apuesta que se justifica (y me parece poco inteligente repetir, loramente, que la ocurrencia de un plebiscito hace teológicamente inválido replantear el tema). Pero es también parte de nuestra realidad que en ese punto (como tantos otros) estamos presos del pasado. Hoy no hay que hablar de privatizar.

Entonces, reconozcamos que nuestro estado no tiene las condiciones para hacer nada profundo en materia de fragmentación social y de educación, y también que nuestra sociedad tampoco está en condiciones de ensayar abiertamente soluciones privatizadoras.

Entonces, Estado sin capacidad, privatización sin chance. ¿Qué hacer?

Buscar caminos alternativos ya probados. En los dos campos mencionados -y no son casos únicos- nuestro país ensaya, desde hace décadas, soluciones que son, a la vez, aceptadas y exitosas.

Así, hay decenas de instituciones no estatales de enseñanza, conocidas y supervisadas por el gobierno que, sin ser perfectas, llevan años mostrando sistemáticamente resultados mejores que sus homónimas estatales. ¿Por qué, entonces, no apoyarlas y permitir que desarrollen todo su potencial, incluso haciendo sinergia con el sistema público? Si, además, modificamos la vieja y fracasada estructura jurídica de ese sistema, blindado contra todo control por la autonomía externa, al tiempo de impedir toda autonomía interna, quizás descubramos las virtudes del pasado, cuando los directores de liceos y escuelas eran los verdaderos actores centrales de nuestra educación, en un marco de trasparencia y objetividad, que permita corregir y progresar.

Otro tanto ocurre en esa horrible realidad de un Uruguay cada vez más fragmentado, con miles de seres humanos a los cuales no le entran los planes sociales del Estado, ni hoy, ni ayer. En paralelo con el fracaso, más o menos evidente, de la enorme mayoría de iniciativas estatales, hay numerosas experiencias de instituciones no estatales, de la más diversa identificación filosófica y teológica, de trayectoria probada con resultados mucho mejores.

Tanto en un campo como en el otro, hay alguna institución con siglos de experiencia en la preocupación por asistir y achicar a las personas sin otra inquietud que la de su bienestar.

Apostar al fortalecimiento y desarrollo de ese tipo de iniciativas no es un salto al vacío, ni una renuncia política o ideológica. Es reconocer la realidad y a partir de ese reconocimiento, elegir caminos probados.

En vez de discutir todo el tiempo, meta pedalear en el mismo lugar.

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