Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

¿Qué está pasando?

Hace un tiempo fue Grecia, luego vinieron Trump en EE.UU., el cómico Bepe Grillo en Italia (acaba de ganar las alcaldías de Roma y Turín); Pablo Iglesias que amenazó con desplazar al PSOE en España; Gran Bretaña con su plebiscito suicida; la ultraderecha en Francia y luego en Austria; el rechazo a Michelle Bachelet recién electa y varios casos más

Hace un tiempo fue Grecia, luego vinieron Trump en EE.UU., el cómico Bepe Grillo en Italia (acaba de ganar las alcaldías de Roma y Turín); Pablo Iglesias que amenazó con desplazar al PSOE en España; Gran Bretaña con su plebiscito suicida; la ultraderecha en Francia y luego en Austria; el rechazo a Michelle Bachelet recién electa y varios casos más

.Los fenómenos no son todos iguales pero sí tienen cosas en común: reacciones que van de la insatisfacción a la bronca y que no se limitan a los gobiernos. Apuntan más a fondo, contra los sistemas. Reaccionan contra los partidos establecidos y sus lideranzas políticas, pero también atraviesan eso para mostrar su desencanto y descrédito por el funcionamiento de las cosas.

Del otro lado, es cada vez más notorio que los dirigentes y gobernantes “clásicos” tienen dificultades para conectar con una parte de sus ciudadanos, electores.

Todo esto configura una crisis de la Democracia. Hay algo que no funciona y esa falla puede llegar a extremos tan irracionales como el Brexit (o la presidencia de Donald Trump).

Para Ted Piccone, investigador del Brookings Institute, estamos presenciando una “recesión democrática” que amenaza preceptos fundamentales del orden liberal internacional.

Es muy grave. No sólo porque sus manifestaciones llegan a límites peligrosos (además del Brexit, la atomización de partidos en países como Francia, Italia, España, Brasil y otros, que entorpecen el funcionamiento de la Democracia), sino, además, porque no está muy claro cuáles son las causas (y por ende, los remedios).

Las sociedades que experimentaron estas crisis no son sociedades empobrecidas, que pasan por fuertes recesiones económicas. En términos relativos, se trata, generalmente, de economías razonablemente prósperas y sus integrantes viven niveles de bienestar que el mundo no conocía hace 30-40 años. Tampoco puede decirse en todos los casos que sus gobiernos sean una catástrofe.

Sin embargo, es un hecho que en ellas existe un fuerte descontento con la economía y con la política.

Volviendo a Piccone (en una entrevista que le hace Folha de SP el 25/6), sus observaciones son interesantes: “Las democracias establecidas están pasando por una crisis de confianza en cuanto a su capacidad para mantener el crecimiento económico y gobernarse con eficacia…”. “Ya hace muchos años que las encuestas de opinión, en todo el mundo, muestran que la mayoría de las personas están insatisfechas con los servicios públicos y con el funcionamiento de la democracia”.

De acuerdo, ¿pero por qué? Él lo atribuye a que “las personas quieren tener más voz de decisión, quieren tener más control sobre la política y más descentralización…”

Yo no estoy tan seguro de que la explicación venga por ahí.

Propongo, en cambio, otra línea de análisis.

Si bien históricamente Estado y Democracia nacieron en épocas diferentes, desde hace tiempo y sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, han pasado a convivir de una forma tan estrecha que la gente ya no distingue uno de la otra, y así suele atribuir a la segunda los defectos y problemas del primero. Nadie culpa al Estado. Todos culpan a la Democracia.

Desde por lo menos el siglo XIX, el Estado pasó a ser la herramienta fundamental usada por los gobiernos democráticos para satisfacer las crecientes expectativas materiales de los ciudadanos. Así, las sociedades pasaron a depender crecientemente de los aparatos estatales, y los políticos, además, a vivir dentro de la atmósfera de los Estados.

Pero eso ya no funciona. Al menos no a los niveles de expectativas de las generaciones actuales.

Hay en la cultura occidental contemporánea ingredientes de individualismo (lo que los gringos llaman “the me first generation”) y de inmediatismo (ningún joven elige hoy un trabajo pensando en la carrera, mucho menos en el paquete de retiro, que puedan ofrecerle).

Los antiguos sabían que la Democracia no funciona en ausencia de ciertas virtudes humanas básicas, cosa que los liberales clásicos, consolidadores de la Democracia, también tenían muy presente. Pero la competencia política fue discurriendo por otros carriles: no los de las obligaciones, sino los de los derechos, el reclamo más que el esfuerzo, la promesa más que el compromiso, hoy más que esperar a que las cosas vayan madurando.

Es muy sintomático (y lo que me hace dudar de la explicación de Piccone), que junto con esas reacciones negativas de la gente frente a la Democracia y sus gobiernos, no se ve un deseo igualmente vehemente y generalizado de arremangarse e intervenir en política, para cambiar lo que está mal.

El “indignado” usualmente conoce poco del funcionamiento político de su país y ese poco lo desprecia.

Si la reacción tiene fundamentos razonables y hasta justos, sus manifestaciones rara vez son constructivas. A lo sumo se orientan hacia burdos espejismos, encarnados en peligrosos outsiders.

Mucho más hay para reflexionar y escribir sobre esta realidad, pero solo el espacio de una advertencia final: es hora de cambiar las categorías mentales y el discurso en el caso de muchos dirigentes políticos. Estamos ante un fenómeno cultural de fuerte proyección política e institucional.

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