Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Que pague más...

Que pague más el que tiene más. Mezcla de mentira y vaca sagrada.

Es como aquello otro de la “Igualdad de Oportunidades”.

¿Qué puede haber de más justo?

Que pague más el que tiene más. Mezcla de mentira y vaca sagrada.

Es como aquello otro de la “Igualdad de Oportunidades”.

¿Qué puede haber de más justo?

Bueno, la discusión de lo justo y lo injusto puede resultar algo muy complejo, sobre todo cuando se traslada de un caso personal al plano de regla general.

En cambio, no es tan difícil reflexionar con criterios prácticos sobre estos dogmas políticos, analizando sus supuestos y, sobre todo, las consecuencias que de ellos fluyen cuando se procura aterrizarlos en medidas concretas.

Tomemos primero lo de la igualdad de oportunidades, fórmula transaccional para los políticos que no se ubican a la izquierda del espectro (pero que tampoco quieren quedar pegados en la otra punta).

Para empezar, es una regla de aplicación imposible; la diversidad de los seres humanos, fenómeno puramente natural, es tan amplia, variada y, además, dinámica, que es absolutamente inviable igualarlos en sus oportunidades.

Esto no solo es así en el inicio de la vida de las personas, la igualdad de arranque, que suele ser lo que se tiene in mente al preconizar este catecismo, sino que esas vidas evolucionan y cambian. El dogma se vería anulado si lo acotáramos hasta determinada edad. ¿Y a los que después les fue mal, o no tan bien? ¡Qué injusto no traerlos de nuevo al nivel de los afortunados! ¿Y eso, cuántas veces hay que hacerlo?

Pero quizás el punto más relevante -y más callado- es que para igualar no hay otra que recortar libertades. Aun si no fuera obvio que solo se puede igualar para abajo, igualar significa modificar en algo la realidad. La de quien se quiere igualar y la de quienes no quieren ser igualados: la igualdad material solo puede procurarse a expensas de la libertad. No digo que eso necesariamente y en todos los casos esté mal. Di-go que es mentiroso hablar solo de una parte de la ecuación. El discurso honesto debería ser: “recortemos la libertad de algunos para igualar a otros”.

Una vez que lo expresemos correctamente, veremos cómo van apareciendo las dudas, preguntas y protestas.

Al fin y al cabo, ¿quién es el todo sabio y todopoderoso, capaz y competente para resolver que se debe perjudi-car a Juan para beneficiar a Pedro?

Cosas similares ocurren con el otro mantra: que paguen más…

Bajado a la realidad, ¿con qué parámetros se resuelve quién tiene más? ¿Más de qué? ¿Más de cuánto? ¿Da igual si ese “más” lo obtuvo trabajando y ahorrando, que timbeando?

¿Y si lo que se le saca va para quien no tiene iguales méritos? Para medir el “más”, no hay que tomar en cuenta las circunstancias del que será perjudicado: ¿tiene personas a su cargo? ¿Está enfermo? ¿Viejo? … etc.

El campo para el daño y la injusticia es ilimitado. Y, otra vez, ¿a quién le ha sido dada la sabiduría y el poder para imponer normas de este tipo sobre los demás?

Pero también aquí se da el fenómeno de las consecuencias negativas por la aplicación de teorías descolgadas de la realidad.

Por lo pronto, muchas veces quienes pagan los impuestos no son los sujetos pasivos según la norma. Económicamente, como se sabe, el impuesto lo termina pagando el que no puede trasladarlo, sea hacia atrás (p. ej. recortando salarios o puestos de trabajo), sea hacia adelante (precios). Así ocurrirá con el aumento de la tasa con- sular, propuesto por el gobierno en la Rendición de Cuentas.

Los que “tienen más” (y a los que se les sacará), suelen ser aquellos que han producido más o mejor y en ese proceso han contribuido a generar riqueza y mayor bienestar para la sociedad. Al castigarlos, es muy probable que eso repercuta sobre la sociedad en su conjunto.

El mantra no tiene límites. Hace tiempo que rompió las barreras de ser un criterio más o menos técnico aplicable en el campo de algunos impuestos directos, como la renta. No solo derramó sobre otros , como el patrimonio, donde su aplicación es una barbaridad, sino que llega a todo el universo abarcado por la imaginación burocrática, en aras de la voracidad fiscal. Todo es progresivo en el Uruguay: la contribución inmobiliaria, los tributos municipales, la patente del auto, los seguros, las tarifas…

La resultante de la fidelidad con este credo es una sociedad cascoteada y trancada, que cada vez le ve menos sentido a doblar el lomo para progresar: la progresión de las cargas, fruto de la imaginación (esta sí libre) de los gobernantes siempre va por delante.

Cada vez son más los que tienen menos y pagan más. Cada vez son más los que no quieren sacrificarse más por los que sacan más aduciendo que tienen menos.

Por último, no deja de ser muy curioso cómo los gobiernos de izquierda aplican el criterio inverso con los que tienen muchísimo más (no apenas más): a los grandes los exoneran de impuestos.

¿Por qué? Muy simple, porque si les aplican el mantra, no vienen.

¿Será por eso que “los que pagan más” o no vienen o, si ya están aquí, no pagan o, lisa y llanamente, se van?

Podemos tratar de consolarnos sabiendo que por ese camino se va a igualar cada vez más gente.

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