Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Hablemos de lo tabú

En 1990, el gobierno Lacalle, cumpliendo lo prometido, le expuso abiertamente al Uruguay los problemas que el estado le generaba a la sociedad, afectándola de forma negativa en diversos aspectos. Desde los más relevantes, como la educación y la salud, hasta los más cotidianos generados por las innúmeras formas que tiene nuestro estado de hacer más cara y más engorrosa nuestras vidas.

En 1990, el gobierno Lacalle, cumpliendo lo prometido, le expuso abiertamente al Uruguay los problemas que el estado le generaba a la sociedad, afectándola de forma negativa en diversos aspectos. Desde los más relevantes, como la educación y la salud, hasta los más cotidianos generados por las innúmeras formas que tiene nuestro estado de hacer más cara y más engorrosa nuestras vidas.

Pero no se quedó ahí el presidente, contentándose con repetir hasta tres veces el nombre de un problema, o prometer que le cambiaría el ADN. Tras el diagnóstico vinieron propuestas concretas (y no sorpresivas, porque también de ellas había hablado Lacalle en su campaña).

Así, en rápida sucesión, fueron apareciendo proyectos de ley y decretos desregulando, transformando varios entes autónomos, (el manejo de los puertos fue el más notorio, pero no el único), y eliminando otros, modernizando el estatuto del funcionario, terminando con empresas fundidas en manos del estado, abriendo la economía, procurando sanear el sistema de seguridad social, quitando las maneas a la agroindustria, eliminando subsidios encubiertos y demás.

El razonamiento básico era muy simple: el mundo venía cambiando aceleradamente y eso genera una competencia cada vez más dura, de la cual, con la globalización, es imposible sustraerse. Frente a eso, el estado uruguayo demostraba obvias carencias y rigideces. Había dejado -hacía mucho tiempo- de ser una herramienta, para convertirse en una piedra de molino atada al pescuezo de la sociedad, en beneficio de funcionarios y proveedores.

El planteo, franco y frontal, provocó una reacción furibunda a nivel sindical y del Frente Amplio, acompañada con hábil olfato oportunista por una parte del Partido Colorado, (aquella encabezada por el ex presidente Sanguinetti. Aparecieron los spots publicitarios de los piratas, las joyas de la corona, la mitología de la telefonía fija, la “invasión de duraznos griegos y galletitas danesas”, los presagios de recesión, desempleo y catástrofe, la oposición política, los trancazos sindicales, culminando en el referéndum contra algunos artículos de la ley de empresas públicas… Ustedes lo recordarán, sin duda.

¿Recuerdan también (y tan bien) lo que vino después? Capaz que no porque, como el perro de Sherlock Holmes, no hubo ladridos.

No sólo no se produjeron las plagas anunciadas (el país creció, el empleo también, la inflación bajó a la tercera parte, el déficit también y el endeudamiento más aún), sino que los gobiernos subsiguientes, en manos de quienes combatieron ferozmente al del Partido Nacional (que no incluye al presidente Batlle), siguieron el camino de una curiosa combinación; en primer lugar no tocaron prácticamente nada de las supuestas atrocidades cometidas por el presidente Lacalle. Más aún, avanzaron en algunas líneas que a aquél no le permitieron, como ocurrió con la seguridad social, que el Dr. Sanguinetti llevó al parlamento después de negarse tres veces a apoyar las propuestas de Lacalle o como ha hecho el Frente Amplio, que se rasgó las vestiduras ante las privatizaciones “neoliberales” de aquél y terminó constituyendo una veintena de sociedades anónimas estatales. Eso sí, sin ley y sin contralor en su funcionamiento.

Pero, por otro lado, las cosas se hicieron a medias. En vez de reformas de fondo, parches. Cuidándose más de no contradecir intereses corporativos que del bienestar de la República.

Con lo cual, veinticinco años después, aquellos problemas derivados del estado y del proteccionismo, que el Dr. Lacalle había propuesto encarar, siguen ahí. Tan reales como entonces. Durante algunos años, la marea de la bonanza económica los disimuló, pero ahora las viejas piedras han vuelto a aflorar.

Frente a ello el gobierno ensaya un discurso balsámico: prudencia, gradualismo… que todo se va a arreglar.

Macanas: el Uruguay está viviendo fuera de la realidad y más allá de sus posibilidades. Precisa enfrentar los viejos problemas con las únicas herramientas efectivas: abrir la economía, abrir la educación, abrir las cabezas; ser más eficientes y más competitivos. Para lo cual no hay otro camino que ser menos gastadores, más ahorradores, más inversores, más trabajadores, más exigentes.

Si nadie se anima a decirlo públicamente, (incluida la oposición), el desenlace no será novedoso en su sustancia: volveremos a la pendiente del deterioro, peleando por la frazada corta, sólo que en un mundo todavía más globalizado y competitivo.

El Presidente se fue hasta el Japón, supuestamente para impulsar la economía uruguaya, cuando lo que debería hacer es un viaje al interior de la cultura del Uruguay.

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