Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Doing business in Uruguay

Es el titular clásico de las (tantísimas) charlas y publicaciones que tratan de convencer a los inversores, sobre todo extranjeros de que, como decía Jorge Batlle: "we are fantastic".

¡Si habré recorrido tablados, dentro y fuera del país, preconizando las virtudes del Uruguay como destino comercial! No era pan comido, pero como que habían argumentos, algunos que hoy ya no están, o no están tan claros.

Recuerdo que entre los atractivos del Uruguay destacábamos la ausencia del Impuesto a la Renta personal y una estructura tributaria de tipo económicamente más neutro y relativamente llevadera; el respeto por el derecho a la intimidad (base de la Democracia) y una realidad de previsibilidad jurídica.

Nada de ello existe ya.

Pero lo más grave quizás no sea eso, sino que, encima, nos faltan algunas cosas aún más básicas. Que nos cuesta advertir y admitir. Al gobierno especialmente.

Tuvo que venir UPM a abrirnos los ojos.

Porque si esquivamos la mise en scène montada por el gobierno al anunciar la firma de lo que llaman un "contrato de inversión" y vamos a la letra, nos encontraremos con lo que realmente piensa un inversor extranjero que conoce bien al Uruguay. Que hace muchos años está tratando de "do business in Uruguay".

Más impactante aún: lo que UPM opina sobre el país lo avala el propio gobierno, al estampar su firma al pie del documento.

¿Y qué es lo que opina UPM?

—Que en el Uruguay hay enormes carencias de infraestructura.

—Que es un país caro.

—Que sus standars de calidad no son del primer mundo.

—Que no alcanza un nivel aceptable para las inversiones.

—Que tiene una alta carga tributaria.

—Y una pesada burocracia.

—Junto a un marco laboral por lo menos complicado.

El lector podrá preguntar: ¿dónde dice UPM todo eso?

Pues en el tan mentado "contrato de inversión".

Al comienzo lo dice en una forma genérica y educada:

Cláusula 2.5: 2. UPM manifiesta que inversiones como la que le están pidiendo "requieren soluciones logísticas confiables y eficientes en costos (subrayado mío), que sean de la misma escala y calidad que las plantas… de la compañía". Lo que, llevado a lenguaje taca taca, quiere decir que el Uruguay no tiene ni la infraestructura, ni las condiciones de productividad (léase temas laborales, tributarios, burocráticos, etc.), elementales para una inversión.

Luego, en la misma cláusula, UPM aclara todavía más su pensamiento: "las inversiones también requieren de un ambiente de operación estable, predecible y competitivo". O sea, el Uruguay no es estable, ni predecible, ni competitivo.

Ese preámbulo es desarrollado luego a través del contrato que consiste, casi todo, en el rosario de falencias que el país tiene que corregir y que UPM exige, como condición previa necesaria (pero no suficiente), para considerar siquiera una inversión.

Esas exigencias van desde el ferrocarril, carreteras, puentes y puerto, hasta exoneraciones tributarias (no solo las dos zonas francas), garantías en el uso del agua, tratamiento de excepción para el uso y explotación de la energía eléctrica, así como para el cumplimiento de normas regulatorias y de beneficios fiscales, entre otras cosas.

Ah: y un marco laboral razonable.

Pero lo peor quizás no sea ese rosario de defectos y críticas encubiertas a la realidad uruguaya, sino la manifiesta falta de confianza que UPM tiene en el gobierno de nuestro país.

Porque, entiéndase bien, esa es la razón de ser del contrato llamado de inversión. En él, el gobierno confía en UPM y apuesta, obligándose, al tiempo que (con absoluto derecho), UPM no confía en el gobierno y quiere ver antes de resolver.

La desconfianza llega al punto de no solo plantear las exigencias como de previo cumplimiento, sino de sumar en muchos casos (ferrocarril, obras viales), el derecho a inspeccionar y controlar que se estén desarrollando adecuadamente.

No sé si la famosa planta llegará un día a construirse (o si pasará al listado de espejismos, junto con la megaminería, el petróleo y el puerto de aguas profundas). Tampoco sé si la cuenta final es o no favorable para el país, pero lo que no debe ocurrir es que desperdiciemos esta advertencia, clara y concreta, acerca de cuál es la realidad de nuestro país como destino de inversiones.

Cómo nos ven otros, a veces puede no ser la verdad. Pero es siempre la realidad.

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