Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Derechos surtidos

Vivimos la era de los derechos individuales. Nunca antes llegaron a ser tantos. Nunca antes se pretendió crearlos desde fuentes tan diversas y, mucho menos, imponerlos por encima de estructuras e instituciones basa-das en principios filosóficos o jurídicos tan sólidos como antiguos, (pienso en las pretensio-nes de aplicar formulaciones sobre derechos por encima de la soberanía legítima de naciones o -y- por encima de la preeminencia jerárquica de normas, legales o aun constitucionales).

Vivimos la era de los derechos individuales. Nunca antes llegaron a ser tantos. Nunca antes se pretendió crearlos desde fuentes tan diversas y, mucho menos, imponerlos por encima de estructuras e instituciones basa-das en principios filosóficos o jurídicos tan sólidos como antiguos, (pienso en las pretensio-nes de aplicar formulaciones sobre derechos por encima de la soberanía legítima de naciones o -y- por encima de la preeminencia jerárquica de normas, legales o aun constitucionales).

Hoy una comisión internacional, con un nombre políticamente correcto, tuerce el brazo de un gobierno, aun legítimamente constituido y eso es visto como un avance iluminado y moderno de la humanidad. Otro tanto se concluye cuando un juez sostiene que debe consultar el sentido de la constitución antes que el tenor literal de la ley que tiene por delante o cuando un presidente afirma que debe terminarse con un Poder Judicial que aplica normas consideradas (por aquel) como clasistas.

Condenamos furibundamente la violencia cuando la ejercen algunos, pero la excusamos cuando nos parece que responde a razones sociales y la reconocemos expresamente cuando se practica sobre un ser humano indefenso en el seno de su madre.

Hemos transformado todo en relativo. No creemos en “viejos absolutos”. Pero no para un vivir y dejar vivir como a cada uno le tinque, que sería el corolario lógico, sino para imponer, por la vía del poder, todos aquellos absolutos que a mí me parecen buenos o funcionales. En las concepciones filosóficas clásicas, desde Aristóteles hasta más o menos Kant, no existían algo autónomo y autogenerado llamado “derechos”. Los derechos eran parte de una composición más general: el Derecho y este de un sistema que, a la vez, tenía un fundamento y formaba un todo armónico y lógico: el derecho como contracara del deber y ambos fruto del reconocimiento racional de la realidad, mirada con ojos filosóficos, para descubrir su sentido, su Telos, lo que Aristóteles llamó la causa final. Hoy el Derecho parece componerse solo de derechos y es fruto básicamente de la voluntad de quien cree tener poder.

Trasladado al funcionamiento de la Democracia esta visión voluntarista del derecho ha llevado a distorsionar el equilibrio entre Libertad e Igualdad, que está en la base de aquella.

Clásicamente, Libertad e Igualdad estaban claramente entendidas y ubicadas en el marco del derecho y en función del sentido final de la institución democrática: el desarrollo del hombre en sociedad para que pueda alcanzar su fin de una vida plena. Hoy, libertad e igualdad se definen en función de lo que sirven para la mayor acumulación posible de derechos individuales, o sea mi reclamo acerca de lo que los demás deben hacer para la satisfacción de mis expectativas, según lo haya podido conseguir de entidades políticas internacionales, nacionales o sectoriales y corporativas.

Resultante: exorbitación de expectativas y aspiraciones, transformadas en derechos individuales, fruto de igual inflación de normas, frecuentemente de pésima composición técnica, cuyo corolario es una erosión a la libertad y la progresiva desaparición del sentido del deber y de la responsabilidad personal.

¿Qué hacer? Pues volver a buscar y encontrar las bases filosóficas (es decir, reales) del derecho, donde están: no en la voluntad de seres humanos o cuerpos que se creen más o menos iluminados y que tienen el poder para imponer sus luces a los demás.

No será fácil. Implica decirle a mucha gente que está engañada, que no todo lo que parece bueno es un derecho y que no puede haber una convivencia racional, posible y duradera, basada en que yo solo tengo derechos y los demás el deber de asegurármelos.

Parece trasnochado recordar que durante siglos, Occidente vivió basado en la creencia de que la realidad tenía un orden y un sentido, de lo cual se podía deducir un derecho natural. El Iluminismo y el Liberalismo rechazaron o abandonaron esa sabiduría, sin poder encontrar un sistema alternativo sobre el cual basar una moral objetiva y un derecho que no fuera meramente formal.

En nuestras vidas cotidianas, continuamos razonando y hablando como si diéramos por bueno que existe el bien y el mal objetivos y que es posible reconocerlos y encuadrarlos en normas, morales y jurídicas. Pero después, a la hora de enfrentar la construcción de normas que nos afectan, todo eso queda de costado, desplazado por elucubraciones sin otro apoyo que el relativismo y el cumplimiento de los formalismos requeridos para redactar normas.

Derechos surtidos no hacen una moral ni un Estado de Derecho. ¿Ta?

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