Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Consensos y cambio

Palabra sagrada del panteón cultural uruguayo. Nos encanta creernos la sociedad de los consensos. Lo somos, en cierta medida. “Cambio”, también es palabra sagrada. Todos hablamos de la necesidad de cambios. No hay plataforma o discurso político que no lo tenga en el centro.

Palabra sagrada del panteón cultural uruguayo. Nos encanta creernos la sociedad de los consensos. Lo somos, en cierta medida. “Cambio”, también es palabra sagrada. Todos hablamos de la necesidad de cambios. No hay plataforma o discurso político que no lo tenga en el centro.

El problema viene cuando no es posible tener los dos al mismo tiempo. Cuando el consenso agrava el empate y el estancamiento y el cambio -si no es promesa trucha- implica choque.

Cuando en 1995 se planteó reformar la Constitución para (entre otras cosas), introducir el balotaje, emergieron los argumentos, a su favor y en contra que, por otra parte, son conocidos en la cátedra de Ciencias Políticas. El régimen anterior permitía que una persona llegara a la Presidencia de la República con una minoría de votos (por el juego de la ley de lemas) y que la mayoría de la ciudadanía, pasada la elección, se desentendiera del gobierno (“yo no lo voté”). El balotaje a la vez ampliaba el respaldo y comprometía más adhesión, fortaleciendo así el mandato presidencial, aspecto esencial cuando la realidad hace necesario introducir cambios.

Pero, por el otro lado, el mecanismo del balotaje induce fuertemente a los candidatos a buscar acuerdos de cara a la segunda vuelta. Eso, unido al otro cambio importante de aquella reforma, la candidatura única, lleva a que los candidatos deban diluir mucho sus propuestas, transando en sucesivos acuerdos, primero para obtener la candidatura y luego los votos para ser presidente.

Charlando hace algunos días con un político, no correligionario, que ha captado mucha atención últimamente, este coincidía con la opinión prevalente de que la próxima elección tendrá un balotaje entre el Frente y el Partido Nacional, añadiendo, con sorprendente candor, que estaba dispuesto a votar en esa instancia por este último, pero que para ello quería acordar, de antemano, un programa básico sobre el que pudiera consensuar.

Era un planteo de absoluta buena fe, que nadie podría tachar de insensato.

Pero también implica un serio problema para quien detente la candidatura del Partido Nacional y, eventualmente, también para el país.

Buscar consensos está muy bien y, además, es parte de la realidad política. Entonces, ¿dónde está el problema?

El problema se plantea cuando el resto de la realidad: económica, social e institucional, ha llegado a un grado tal de deterioro que no tiene acomodo con medidas consensuales. Cuando está tan mal que requiere de cambios profundos. Ese tipo de cambios que todos reclamamos… para ti. Porque, en tu caso, es obvio. El mío, en cambio, es diferente.

Esto que digo no es elucubración teórica, lo está viviendo el actual gobierno del Frente. Desde que, como dice el tango, se le rompió la tijera de cortar el bacalao: se acabó el consenso profesional (pago por las arcas estatales, llenas con nuestros dineros). Ahora no hay más remedio que parar la mano. Ni siquiera cambiar, apenas parar la mano. ¡Y miren el catereté que se ha armado! Dueño de mayorías políticas (y del relato histórico oficial), no consigue ni siquiera hacer que AFE deje hacer.

¿Qué puede intentar entonces el candidato de una renovación necesaria, cuando es consciente de que le piden consensos previos? Porque no serán consensos sobre cambios duros, obviamente. Nadie tomará la iniciativa de exigirle las reformas que se necesitan y que no se han hecho por los intereses corporativos y políticos adheridos al statu quo.

Hay formas más o menos elegantes (aunque ya no novedosas) de gambetear la verdad: p ej., hablar de metas en la educación, sabiendo que un enfrentamiento con huelgas y demás, será inevitable si realmente se encara el desastre, o de reformas y ahorros en el Estado, cuando nadie ignora que necesita de un terremoto (incluidas desregulaciones, privatizaciones, freno a las corporaciones… huelgas y demás). Y así, sucesivamente.

Pero, por ese camino, se estaría tratando de engañar a la gente. Porque la realidad del Uruguay trasciende las grandes líneas programáticas, (que ya pasaron de moda). Para poder hacer lo que es básico que hay que hacer, no queda otra que enfrentar a las corporaciones, a los intereses creados (públicos y privados), a la cultura conservadora y al discurso sesentista.

El otro camino posible para el candidato es menos seguro, menos obvio, pero más honesto y, para el país, el único que puede dar esperanzas: es explicar la realidad, de forma honesta y ecuánime. No digo lanzarse a una prédica “restauradora”, si con ello se arriesga correr votos. Digo no pretender atraer los votos (muchos de los cuales no van a venir jamás), con consensos truchos y sí ir preparando a la población para lo que se ha de venir. Sin fatalismos. Por el contrario, con entusiasmo y coraje.

Al estilo del Partido Nacional.

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