Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

¿Y ahora qué?

La pregunta agarra a los partidos en realidades diferentes. Para el FA, no está referida a su esencia, incuestionada luego del resultado electoral, sino a su existencia.

La pregunta agarra a los partidos en realidades diferentes. Para el FA, no está referida a su esencia, incuestionada luego del resultado electoral, sino a su existencia.

No está preguntándose “¿quién soy?” sino “¿Qué voy a hacer?”. Pero a los Fundacionales sus realidades les plantean ambas interrogantes. O al menos así debería ocurrir: estéril discutir cosas que hacer (o candidaturas, o cargos), si no tengo claro qué soy y para qué sirvo?
El caso del P. Colorado aparece como el más dramático: volvió a votar muy mal, está sacudido por divisiones, desconcertado y desanimado. Su ubicación en la realidad política es borrosa. Parece querer continuar identificándose con el batllismo, cuando esa identificación le ha sido robada por el Frente, al tiempo de no encontrar otro paradigma que lo vivifique y le dé sentido.

Pero mi preocupación principal está con mi Partido. Que no votó tan mal, pero es igualmente cierto que nos llevamos un tremendo revolcón anímico. Y no será fugaz. Tiene asegurado ser la segunda fuerza política, lo cual no es poca cosa. Ahora, ¿quiere seguir siendo solo eso?

Durante la interna pareció ser la frescura y la renovación que el país precisa (y quería). Después, quedó nadando mariposa en el vacío. Ahora, enfrenta una realidad distinta: 5 años en la oposición. ¿Oposición a qué? ¿Para qué?

Oposición a un gobierno que encarna una manera de ver el país y cuya preocupación es que ella no cambie. Que no haya locuras. Que no empeoren las cosas, pero tampoco andar sacudiéndolas demasiado. Lo más igual posible. En todo sentido: igual al pasado, iguales todos entre sí. La ambición de “pasarlo bien”. Una sociedad que no vive en función de un fin, un “telos”, sino para un presente.

Sociedad y gobierno que no parecen temer que esa realidad esté perdiendo sustento. Que vivir sin otro sentido que el existir es imposible de sustentar por mucho tiempo.

Todavía aguanta el soporte económico, material, pero el resto de las bases se erosionan y algunas ya se han desmoronado: la familia, la formación educativa, el respeto, el sentido del deber, la realización plena del ser humano….

¿Frente a eso, el Partido Nacional, qué? ¿Dónde está ? ¿En qué cree? ¿Para qué es?

¿Quedó claro en la última campaña que la decisión de su liderazgo fue en la dirección de desmarcarse lo menos posible de aquel Uruguay, visto como electoralmente mayoritario. Pareció que la idea era aparecer como los mejores frentistas del Uruguay.

En definitiva la idea no rindió los votos suficientes y ahora hay que repensar la cosa. Mirar la realidad en el largo plazo. La del país y la del Partido, siguiendo aquella máxima de Ortiz: lo que es bueno para el país es bueno para el Partido Nacional.

Es hora de reflexionar a fondo y en esa reflexión, empezar por la realidad histórica del Partido. Siempre ocupó un espacio determinado, aunque no siempre plenamente y los énfasis y estilos fueron cambiando con los tiempos. Pero siempre fue fiel a sí mismo. Sin remontarnos muy lejos, con Herrera el Partido vivió dos fenómenos: la profundización de algunas grietas que llegaron a partirlo, pero también de algunas de sus vetas, enraizándose en lo más profundo del ser nacional. Wilson intentó, exitosamente, hacer una síntesis de todas las vetas del Partido, a la vez de abrir un espacio atractivo para ideas económicas y sociales en boga.

Desaparecido Ferreira, el Partido volvió a tener con Lacalle una impronta, con ideas maestras sobre políticas de estado y nacionales, pero también enfrentó una adversidad que lo golpeó y ante la cual no reaccionó con la fuerza de sus convicciones, temeroso de verse marcado de neoliberal. Prácticamente todas las transformaciones introducidas por el gobierno del 90-95 fueron religiosamente respetadas por sus detractores (y algunas, como la elección de instrumentos privatistas en la propiedad y gestión estatal, fueron llevados mucho más allá de lo imaginable), pero sin reparar en eso, los nacionalistas optamos por la defensiva y por negar tres veces.

¿Y hoy? ¿Parte del Partido se reclama de un wilsonismo poco preciso (siempre fue más carisma que ideología y parte de esta última su cara menos feliz, pero eso solo lo saben quiénes lo vivieron).

¿Y la otra parte? El Herrerismo, dónde está? En qué cree? Qué visión tiene del país y de su gente?

¿Sigue encarnando, vigorosamente, la defensa de la libertad, no para el mejor gozo del momento sino como único camino a la excelencia?

¿Sigue convencido en el valor de la vida y la esencialidad de la familia, como cuna y fragua del hombre social?

¿Sigue defendiendo apasionadamente la vigencia del Estado de Derecho como condición necesaria para vivir en libertad y realizarse en paz?

Sigue valorando el sentido del deber por encima de los reclamos de derechos?

¿Sigue persuadido de que hace sentido ser Oriental, vivir al máximo, sin interferencias, ni complejos, las bendiciones de esta tierra?

Espero que sí. Que esa sea la visión y la preocupación de nuestros dirigentes.

Y que no demoren mucho más en trasmitirlo.

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