Hugo Burel
Hugo Burel

Reflexiones celestes

Al ciclo del maestro Óscar Tabárez al frente del seleccionado nacional en todas sus divisiones competitivas se le ha llamado Proceso. Creo que no ha sido feliz el vocablo aplicado al proyecto deportivo del veterano técnico y sus colaboradores, porque la palabra "proceso" nos trae tristes reminiscencias pero, a fuerza del uso —en especial por una parte del periodismo que siempre lo apoyó—la denominación se ha impuesto. En ello ha incidido la necesidad de institucionalizar y dar sentido fundacional a lo que ha sido, ni más ni menos, la continuidad y seriedad de un profesional y su equipo al frente de un proyecto futbolístico. Otra cosa es analizar si en lo deportivo ha logrado lo suficiente, pero eso lo dejo para el suplemento "Ovación".

Citando una famosa frase del maestro, lo importante es el camino. Pero esa identidad lograda a través de la celeste, no deja de ser un espejismo si nos atenemos a lo estrictamente deportivo: nuestra selección no es la regla sino la excepción en un deporte que desde hace más de 30 años no gana campeonatos a nivel continental. Y esa es la primera de las paradojas del modelo de Tabárez: poner a nuestro fútbol —que en lo local está en crisis como esta misma semana lo estamos padeciendo— segundo en la disputa sudamericana para Rusia 2018.

Tras haber clasificado otra vez a un Mundial —esta vez sin recurrir a la calculadora— la retórica y los ditirambos del triunfo no deben ocultar la verdad de los hechos: nuestro fútbol es Tabárez y su modelo. El resto son fracasos a nivel continental, anécdotas y conflictos de poder. Es la paradoja de un seleccionado futbolístico que está por encima del país que representa. Y aclaro que esto no tiene nada que ver con el juego que desarrolla en la cancha y que en general a mí no me colma. Es algo que va más allá de lo deportivo y se ubica en el terreno de la coherencia de objetivos y la organización para cumplirlos.

La siguiente paradoja: este modelo exitoso es admirado y elogiado sin reservas, pero no es emulado. En primer lugar en el fútbol local, pero tampoco en otros ámbitos del quehacer nacional. El esquema es simple: un conductor con convicciones, firme, que habla claro y no se guarda nada ni tiene secretos; colaboradores fieles y convencidos del rumbo elegido que trabajan en silencio y con eficacia; un grupo de jugadores que ejecuta el plan del técnico con sentido profesional, integrado por los mejores en cada puesto y que en los momentos de crisis apela a un espíritu de grupo que no necesita de mesianismos —sin alusión a Messi— ni dramáticos golpes de timón. A todo esto se agrega ahora una oportuna renovación generacional, con juveniles jugando partidos decisivos y asumiendo el protagonismo que antes solo se permitía a los veteranos. Pero, por sobre todo, el modelo desdeña la improvisación y va siempre a los papeles, es decir a los resultados que pueden medirse y compararse. Estemos o no de acuerdo con las personas y sus roles, lo anterior me parece indiscutible.

Como dije, el modelo de trabajo de nuestra selección está cada vez más alejado del fútbol local que cada semana ahonda su crisis. La última paradoja: el peso de sus jugadores estrella alienta las reivindicaciones que hoy paralizan la actividad y opacan el júbilo por la clasificación a Rusia.

Detrás de esto hay una evidente lucha de poderes políticos y económicos. ¿Será este el principio del fin para un proyecto que en Rusia puede tener serias aspiraciones mundialistas?

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