Hugo Burel
Hugo Burel

La elocuencia de un cadáver

Entre los logros más notables de la ciencia forense se destaca su capacidad de hacer hablar a un cadáver. Dicho esto en sentido figurado, en eso radica el triunfo de esa especialidad científica que, cuando es bien ejercida, permite despejar dudas, encontrar causas, establecer hechos y refutar rumores o teorías. Pero, por sobre todo, es capaz de descubrir la verdad y desbaratar todas las especulaciones. Mal que les pese a muchos vivos, los muertos pueden hablar. Un ejemplo cercano y dramático por las circunstancias que durante 78 días rodearon el hecho, se manifestó con la autopsia del malogrado Santiago Maldonado. No es posible resumir aquí todas las versiones, trascendidos, declaraciones, opiniones interesadas, denuncias, manifestaciones callejeras, asonadas y teorías conspirativas que aderezaron el caso hasta convertir a Maldonado en un factor de incidencia en las recientes elecciones legislativas que se celebraron el domingo. Inclusive, el hecho de que el cuerpo de Maldonado apareciese cinco días antes del acto eleccionario, impuso la sospecha de que su descubrimiento tan próximo a los comicios formaba parte de algún tipo de operación política, a decir verdad de extraña finalidad. ¿Si era el gobierno responsable de la desaparición de Maldonado, por qué hizo aparecer su cadáver en ese momento final de la campaña electoral?

Por fin, sobre la medianoche del viernes al sábado y luego de realizada la autopsia con un récord de testigos presentes, el juez actuante salió de la morgue y declaró a los medios allí congregados que no se habían encontrado huellas de violencia en el cuerpo que ocasionaran su muerte. Un dictamen que contó con la conformidad de todos los que asistieron al peritaje. Todas las especulaciones previas cayeron porque la última palabra la tuvo el cadáver que habló por boca del magistrado Gustavo Lleral. A horas del acto eleccionario, las teorías conspirativas y la insidiosa posibilidad de que la de Santiago Maldonado fuera una desaparición forzada por el gobierno de Macri, se disolvieron en el aire y lo que quedó en pie fue la idea de otro cadáver más —antes fue el del fiscal Alberto Nisman—usado y violentado por intereses deleznables vinculados a la política. La diferencia radica en que la de Maldonado fue una autopsia con garantías. Por supuesto que al cuerpo de Maldonado le realizarán otras pruebas para entender cómo y por qué murió. Ya se maneja la hipótesis del ahogamiento y la hipotermia y se calcula que el malogrado artesano permaneció más de 60 días en el agua. Pero eso remite a cuestiones técnicas que para el pensamiento mágico, salvaje y tendencioso y la política aviesa y malintencionada que buscó réditos en una muerte dudosa, son solo detalles molestos que se interponen entre su mala fe y los objetivos buscados mediante el uso de un cadáver en el momento oportuno.

Como dijo Fernando Pessoa, el verdadero cadáver no es el cuerpo, sino aquello que dejó de vivir. En el caso Maldonado quedarán demasiadas cosas por saber que ninguna autopsia podrá revelar. No obstante, aquellos que usaron su muerte con fines mezquinos, también tienen la oportunidad de hablar para arrepentirse o pedir disculpas. Pero no lo harán: son demasiado sórdidos y carroñeros para reconocer su fúnebre sevicia. Por fortuna, las urnas también hablaron.

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