Hugo Burel
Hugo Burel

De Dylan a Ishiguro

El pasado jueves la Academia Sueca otorgó al escritor británico Kazuo Ishiguro el Premio Nobel de Literatura. Ishiguro nació en 1954 en Nagasaki, pero desde niño se mudó a Inglaterra y toda su formación la cumplió allí. Es egresado en Filosofía y Literatura inglesa por la Universidad de Kent y en Escritura creativa en East Anglia. No obstante, su literatura tiene el toque misterioso de lo occidental mezclado con lo oriental que, desde su genética a la historia familiar, ha producido una mezcla que en él resulta inconfundible pese a que habla muy poco el idioma japonés. No obstante, en sus primeras novelas retrata el Japón de la posguerra con dolor y profundidad.

Sara Danius, secretaria de la Academia Sueca, declaró que Ishiguro ha sido premiado por el jurado por crear “novelas de gran fuerza emocional que han descubierto el abismo bajo nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo”. Obviamente estas adocenadas palabras no son suficientes para expresar lo que la literatura de Ishiguro ha plasmado en obras como Pálida luz en las colinas, Lo que queda del día, Cuando fuimos huérfanos o Nunca me abandones. Ishiguro es un escritor que ha estado por fuera del mainstream en cualquier sentido que se lo considere. Como autor de ficciones siempre sorprende, es sutil y profundo y su prosa serena es capaz de narrar y describir situaciones y emociones con agudeza e implacable don de observación. Para ejemplo supremo, la caracterización del mayordomo Stevens en Lo que queda del día es una obra maestra de descripción de un mundo a partir de la psicología de uno de sus habitantes.

Lo primero que necesito decir sobre este merecido premio, es que restituye a un escritor de raza y a un formidable autor de ficciones al foco del Nobel, tras la controvertida distinción en el 2016 a Bob Dylan, que ni siquiera fue a recibirlo.

Sin discutir los valores poéticos de Dylan, su incidencia en la cultura popular y en la música y su enorme talento como artista, no se premió en él a un escritor sino a un mito. Con ese criterio se debió premiar antes a Georges Brassens o a Jacques Brel. Es difícil de explicar ese extraño acto de cholulismo y apresuramiento por parte de la Academia que, en esa edición dejó por el camino a escritores de la talla de Don DeLillo, Philip Roth, Aruki Murakami, Ismaíl Kadaré o Javier Marías, y que años antes de manera necia le negó el premio a Jorge Luis Borges, el mejor autor en lengua española del siglo XX. Es importante recordar que la prosa, con 76 representantes, es el género más premiado por la Academia, que ha distinguido a 28 autores en lengua inglesa, 14 en francés, 13 en alemán y 11 en castellano.

En un mundo editorial dominado por el negocio, los imperativos temáticos, las modas efímeras y los todavía más efímeros autores por lo general hijos de la oportunidad, el marketing, el complaciente autobombo o la estulticia de muchos críticos, Kazuo Ishiguro es ejemplo del escritor capaz de expresar de manera sencilla y sabia su tarea: “escribo novelas, eso es todo lo que puedo hacer”.

El Nobel no mejora, modifica ni cambia una coma en esa obra coherente y esencial para las letras contemporáneas, pero pone las cosas en su lugar al devolver el premio más importante de las letras mundiales al terreno de los escritores genuinos y de calidad.

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