Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Con la mirada en París

En ciertos temas resulta muy difícil separar las decisiones locales de las negociaciones internacionales, debido a que el mundo se “achicó” y las comunicaciones se globalizaron.

En ciertos temas resulta muy difícil separar las decisiones locales de las negociaciones internacionales, debido a que el mundo se “achicó” y las comunicaciones se globalizaron.

Uno de los mejores ejemplos es el cambio climático que impone, cada vez con mayor firmeza, nuevas responsabilidades y diálogos más abiertos entre una diversidad de actores.

El mundo académico no descansa en comunicar la extrema urgencia de implantar acciones efectivas para la mitigar las emisiones de gases invernadero, lo que evitará males mayores. Al mismo tiempo crecen las demandas de ayuda reclamadas por amplios sectores de la población mundial, que desde hace tiempo experimentan una creciente vulnerabilidad a los eventos naturales peligrosos, cada vez más intensos y frecuentes.

A pesar de que existe una estrecha relación entre la promoción del desarrollo que buscan los países con tanto desvelo, y su capacidad de ser más equitativo y sustentable, continúa la clara tendencia de que las energías parecen destinarse a captar capitales de inversión y a aumentar la venta de productos, como la gran solución a nuestros problemas.

La crisis actual que padecemos coloca a nuestros pueblos en una coyuntura histórica, que demanda demostrar mucha inteligencia, valentía y compromiso. Porque se achican los márgenes de error y se agota el tiempo, frente a una amenaza que los expertos de todo el mundo denuncian como muy peligrosa.

Desde luego nada bueno aporta vaticinar catástrofes ni divulgar alarmismos injustificados; ya demasiados problemas graves padece la humanidad como para agregar más nubes renegridas.

Por eso es tan importante escuchar a la ciencia cuando, de forma tan clara y contundente, avisa lo que se viene si seguimos en la actual inercia de contaminación masiva de los ecosistemas, de producciones y consumos insustentables, y de usos masivos de energía no renovables.

A juzgar por lo que se ha logrado hasta ahora, no hemos podido superar el escalón inicial del comportamiento social. Los países defienden a ultranza sus intereses, como siempre lo han hecho. En el caso del cambio climático esta visión acotada les dificulta ver lo que se viene, y sobretodo que si no reaccionan a tiempo, no habrá ilesos.
La cruda realidad nos impone ir acostumbrándonos a una nueva visión de ciudadanía, a la que podríamos llamar ambiental, planetaria o de otra forma. Nos impone nuevos derechos y obligaciones considerando a toda la humanidad como grupo de pertenencia; desbordando los límites naturales y políticos que hasta ahora definen nuestros marcos jurídicos, éticos, culturales y emocionales.

Nuestros pueblos, a través del liderazgo de sus gobiernos de turno, deben plantearse lo antes posible, una discusión madura y profunda sobre el futuro.

Este año en Nueva York y Lima se realizarán reuniones importantes sobre cuál es la mejor estrategia a seguir frente a la gran amenaza ambiental. En diciembre de 2015, durante la COP-21 de cambio climático a realizarse en París los gobiernos tendrán la oportunidad de alcanzar un acuerdo post-Kioto, lo suficientemente responsable como para revertir el ascenso constante del calentamiento global actual.
Estas decisiones son demasiado trascendentes como para que las tomen un puñado de personas que circunstancialmente ejercen el poder, y que ya no estarán cuando la situación se ponga mucho más difícil.

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