Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Cambio climático: sin sorpresas

Como estaba previsto, la Cumbre de Lima (COP 20) finalizó sin que se produjeran avances que permitan mirar con optimismo la concreción de un acuerdo en París entre las naciones del mundo, en diciembre de 2015.
La ciencia es muy explícita y tajante cuando señala que si no logramos contener el incremento del calentamiento global en menos de 2 grados centígrados para fines de este siglo, el comportamiento del clima será muy adverso para gran parte de la humanidad.

Como estaba previsto, la Cumbre de Lima (COP 20) finalizó sin que se produjeran avances que permitan mirar con optimismo la concreción de un acuerdo en París entre las naciones del mundo, en diciembre de 2015.
La ciencia es muy explícita y tajante cuando señala que si no logramos contener el incremento del calentamiento global en menos de 2 grados centígrados para fines de este siglo, el comportamiento del clima será muy adverso para gran parte de la humanidad.

Las negociaciones son muy difíciles porque implican grandes compromisos económicos, sea para apuntalar las ayudas a la adaptación a los cambios que están ocurriendo en los países más vulnerables, como para lograr una reducción neta significativa de emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero.

La cumbre de París (COP 21) debería quedar en la historia como aquella en la cual la humanidad asumió un compromiso serio con su presente y su futuro, basado en la equidad y en la justicia que imponen las responsabilidades diferentes de los pueblos en la generación de este gran problema planetario.

Aunque se anunció con espíritu triunfalista la aprobación del documento final de la cumbre “La llamada a la acción de Lima”, en él solo hay expresiones de voluntad muy genéricas, que no dan respuestas aceptables al grave desafío que enfrentamos.

Dice que para el 1º de octubre de 2015, todos los países deberán presentar ante la ONU compromisos cuantificables de reducción de emisiones de manera clara, transparente y entendible por todos. Y que esos compromisos deben ser ambiciosos y justos de acuerdo a las circunstancias nacionales. ¿Alguien puede creer que este compromiso se cumplirá en tales términos en nueve meses?

El tema más sensible para la mayoría de las naciones del planeta es el de la adaptación, porque los impactos negativos que ya se sienten desde hace varios años —y van en aumento— ocasionan cada vez mayores pérdidas sociales, económicas y ambientales. Lo injusto es que son los países más vulnerables los que carecen de toda responsabilidad en la generación del problema. Son también los que tienen menor capacidad de reacción o de respuesta a los eventos naturales más perjudiciales como sequías, inundaciones, olas de calor, vientos violentos y pérdidas de cosechas.

El documento de Lima tibiamente invita a los países a que incluyan en sus compromisos cómo van a contribuir a financiar la adaptación.
El Fondo Verde para el Clima se creó hace pocos años con el objetivo de que los países industrializados movilicen US$ 100 mil millones anuales para el 2020, con el fin ayudar a combatir el cambio climático.
Es un mecanismo financiero pensando para impulsar acciones de mitigación y adaptación en los países en desarrollo, en base a modelos tecnológicos y sociales que les permitan reducir los impactos negativos. Sus pilares son los principios de equidad, justicia y confianza. Estamos muy lejos.

Lo que ha ocurrido en Lima debe ser un llamado de atención. Los responsables de las negociaciones deben asumir que ya no hay espacio para seguir especulando y manipulando los acuerdos, según intereses cortoplacistas e individualistas.
Respaldándonos en la ciencia no es exagerado decir que en la COP 21 de París se juega una parte importante del destino de todos.

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