Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Abrir los ojos

Hace pocos días ocurrió una tragedia en la mina de hierro de Germano (estado brasileño de Minas Gerais) al romperse dos muros de contención de los embalses o diques de relaves. Estas construcciones alojan los lodos descartables del proceso minero de extracción de los metales de la roca. Se trata de enormes cantidades de agua mezclada con la roca molida, y contaminada con numerosos productos químicos utilizados en el proceso extractivo, y metales pesados que formaban parte de la roca original.

Hace pocos días ocurrió una tragedia en la mina de hierro de Germano (estado brasileño de Minas Gerais) al romperse dos muros de contención de los embalses o diques de relaves. Estas construcciones alojan los lodos descartables del proceso minero de extracción de los metales de la roca. Se trata de enormes cantidades de agua mezclada con la roca molida, y contaminada con numerosos productos químicos utilizados en el proceso extractivo, y metales pesados que formaban parte de la roca original.

La mencionada ruptura liberó más de 62 millones de metros cúbicos de lodo que actuó como un tsunami sobre el distrito de Bento Rodrigues, ocasionándole la muerte a varias personas y la desaparición de decenas de ellas.

Esta realidad, una vez más deja al descubierto la peligrosidad de la minería a cielo abierto. Cuando se presentan y aprueban proyectos siempre se habla de la seguridad que garantizará la ausencia de problemas serios. Pero cuando algo sale mal, ya se sabe quiénes pagan. De hecho todo parece indicar que los desastres mineros van en aumento junto con las técnicas modernas de minería.

Para el caso uruguayo, el proyecto de megaminería a cielo abierto en Valentines queda claro que de concretarse dejará un gigantesco pasivo ambiental que seguirá presente en el siglo XXII.

Su testimonio permanente consistirá en: cinco enormes cráteres -cuatro de 100 hectáreas y 1 de 400-; cinco pilas de roca estéril ubicadas al costado de cada uno -de 100 metros de altura y una base de dos o tres veces el tamaño del cráter; y una represa o embalse de relaves (lodos contaminados) de 2.400 hectáreas de superficie, con un muro de 50 metros de altura.

Para ninguna de estas tres obras hay previstas medidas de mitigación mínimas. Simplemente quedarán expuestas a la acción de los elementos atmosféricos y a la dinámica de un ecosistema duramente golpeado. Una vez que el emprendimiento extractivo cese, ¿quién se encargará durante años del mantenimiento de las pilas de estériles y del embalse de relaves? Serán los sucesivos gobiernos departamentales y nacionales.

Para el caso uruguayo, considerando que el yacimiento de hierro es de muy baja concentración (26%), se deberá construir un embalse más grande de lo habitual, por la enorme cantidad de roca que se deberá moler para conseguir el metal.

Una forma de minimizar los peligros es contar con una buena fiscalización gubernamental, algo que no suele suceder en nuestros países, como acabamos de constatar con la tragedia de Brasil.

Estos proyectos de altísimo impacto ambiental negativo deberían ser controlados de la manera más profesional y eficiente posible, de modo de garantizarle a la población el estricto cumplimiento del artículo 47 de la Constitución.

La experiencia internacional enseña que cuando ocurren desastres de magnitud las empresas mineras no pagan. Las pérdidas, tanto económicas como ecológicas, son casi siempre permanentes y no recuperables.

De llevarse a cabo el proyecto de Aratirí, aún no ocurriendo la ruptura del muro del embalse de relaves mineros, las consecuencias negativas serán de tal magnitud que aconsejan a desecharlo.

Nos parece evidente que nuestro país no puede darle cabida a la megaminería.

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