Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Siga el corso, siga el corso

Cerrado el ciclo electoral del año 2014, elegido el presidente y el vice de la República y los senadores y diputados para los próximos cinco años, es necesario extraer algunas conclusiones del pronunciamiento ciudadano.

Cerrado el ciclo electoral del año 2014, elegido el presidente y el vice de la República y los senadores y diputados para los próximos cinco años, es necesario extraer algunas conclusiones del pronunciamiento ciudadano.

Las razones que explican el triunfo del Frente Amplio son múltiples y variadas. Su candidato era un expresidente con alto nivel de popularidad, el actual presidente jugó un papel protagónico e inconstitucional en la campaña, y el gobierno volcó, obscenamente, todo el peso del Estado y un aparato político partidario rentado con fondos públicos en su favor.

Amén de lo anterior, hay dos causas fundamentales que explican la victoria del continuismo. Una estructural que es la construcción histórica de esa fuerza política, su conquista cultural y su apoderamiento del ideario social predominante en el país. Es una empresa que llevó muchas décadas de esfuerzo persistente y profesional, cuyos frutos están a la vista. Puede resumirse en que el Frente logra representar bien el sentido común del uruguayo medio, porque construyó un relato en ese sentido, porque son las ideas que se propagan desde la mayoría de los centros culturales y porque ocupó el lugar que antes llenaba el batllismo, como han señalado destacados políticos y politólogos.

Ligado a este punto está su éxito en dominar las interpretaciones sobre el pasado reciente. Aunque su versión es de ciencia ficción o de ribetes mitológicos, hoy muchos uruguayos creen de buena fe que los tupamaros lucharon contra la dictadura, que el FA fue el único partido que se opuso al régimen, o que los años ‘90 fueron funestos porque el perverso neoliberalismo de blancos y colorados se ensañó con el Uruguay. Todo lo anterior es groseramente falso y choca con los hechos históricos más elementales, ¿pero no es lo que cree buena parte del país? Y esa legitimidad histórico-emocional pesa y mucho.

Otra razón de la victoria oficialista es coyuntural y evidente: la bonanza económica que coincide con sus años de gobierno, aunque empezó dos años antes (más específicamente en el segundo trimestre de 2003). En qué medida influyó no lo sabemos, pero parece sensato afirmar que al menos fue clave para que obtuvieran nuevamente la mayoría parlamentaria.

Un aspecto que requiere un análisis más detenido es por qué no pesaron en contra del Frente el desgaste del gobierno, los escándalos de Pluna, ASSE o Ancap, los jerarcas procesados o el descrédito de algunos ministros de actuación penosa, verbigracia. En todo caso, si ese desgaste existió fue contrarrestado con éxito.

Desalojar al oficialismo del poder quedó claro que no es una tarea sencilla, pero es perfectamente posible, depende de lo que se haga o deje de hacer en los próximos años. No es un trabajo meramente electoral, tampoco se requiere de autocríticas flagelantes, pero sí atender a cómo pueden modificarse las bases estructurales del triunfo frentista hacia un escenario más favorable.

La visión liberal, democrática y republicana que encarna el Partido Nacional es indispensable para que el Uruguay encuentre un camino de desarrollo humano alejado del triste espectáculo de los últimos 10 años, a tantos niveles. Más firme que nunca en los valores medulares que le dan razón de ser, necesitará encontrar sin atajos equívocos las vías para convencer a más uruguayos de las virtudes del cambio.

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