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Hernán Bonilla

El orden extendido

La semana pasada analizábamos las tensiones que surgen en una sociedad al persistir punciones tribales, alimentadas por algunas ideologías, y la existencia indispensable de un orden extendido más amplio que permite los niveles de vida de que actualmente goza la humanidad.

La semana pasada analizábamos las tensiones que surgen en una sociedad al persistir punciones tribales, alimentadas por algunas ideologías, y la existencia indispensable de un orden extendido más amplio que permite los niveles de vida de que actualmente goza la humanidad.

En general se da como un dato de la realidad que debemos lidiar con el capitalismo, la economía de mercado y la globalización, como si fueran males en sí mismos. Se puede argumentar fehacientemente que es el único sistema compatible con la libertad del ser humano y, por lo tanto, el único que permite una vida digna a cada una de las personas. Este punto es central, aunque no sea obvio en el debate de ideas contemporáneo; el liberalismo es éticamente superior a cualquier rama del socialismo.

También puede argumentarse con evidencia abrumadora que la calidad de vida ha mejorado desde mediados del siglo XX a nuestros días por el avance de la economía de mercado. Existen distintas mediciones que confirman que a mediados del siglo pasado aproximadamente la mitad del planeta vivía en la pobreza extrema y ese porcentaje (siendo aún aberrante) descendió a menos del 10%.

El amable lector puede estar preguntándose: ¿si es tan evidente la supremacía ética y material de la sociedad abierta por qué su avance sigue siendo tan tortuoso y por qué tantas veces vemos que retrocede al galope de refritos de viejas ideas fracasadas?

Una explicación, por cierto no la única, es la incomprensión de las mismas bases del orden extendido en que vivimos y de la imposibilidad de manejarlo a nuestro antojo. Hoy vivimos en un mundo en que consumimos cientos de productos y servicios de los que desconocemos casi todo, menos que satisfacen una necesidad.

No sabemos cómo se producen muchos alimentos que consumimos, las páginas de internet que mandamos diseñar al otro extremo del mundo, o el celular que utilizamos.

Es esa división del trabajo y el avance tecnológico lo que permite ganancias inimaginables hace algunas décadas en la productividad y, por lo tanto, el aumento de los ingresos de las personas y de la consecuente ampliación de su canasta de consumo. Nadie toma esas decisiones en forma centralizada, se procesan a través del mercado incorporando las decisiones de los millones y millones de personas que participan en los procesos de producción y de consumo.

No podemos conocer todos los detalles del funcionamiento de ese orden extendido, como quisieran quienes añoran los modelos de ingeniería social, ni siquiera sabemos bien cómo surgió, al igual que el dinero o el lenguaje, pero está en los fundamentos mismos que sustentan la vida como la conocemos.

Sí sabemos que entorpecerlo al intentar controlar lo que no es controlable por ninguna persona o comisión, por más inteligente que sea, produce pobreza, e intentar revertirlo incluso, algunas de las peores tragedias de la historia. Pero mientras que las promesas de todas las ramas del socialismo son fáciles de entender en un entorno cerrado y cercano (como una tribu) la realidad del orden extendido choca contra nuestra fatal arrogancia, a la que le cuesta aceptar lo que no puede dominar. Un poco de humildad intelectual ayuda mucho en estos asuntos, pero no es una recomendación fácil de vender, en especial para políticos y economistas.

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