Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

La herencia bendita

Entre fines del año pasado y el comienzo del presente empezamos a ver las consecuencias de la pésima política económica llevada adelante por los gobiernos del Frente Amplio y, en particular, la desastrosa gestión (si se le puede llamar así) del presidente Mujica y el ministro Astori. Más allá del pase de facturas en que están enfrascados, lo relevante es comprender qué es lo que se hizo mal para, al menos, aprender alguna lección.

Entre fines del año pasado y el comienzo del presente empezamos a ver las consecuencias de la pésima política económica llevada adelante por los gobiernos del Frente Amplio y, en particular, la desastrosa gestión (si se le puede llamar así) del presidente Mujica y el ministro Astori. Más allá del pase de facturas en que están enfrascados, lo relevante es comprender qué es lo que se hizo mal para, al menos, aprender alguna lección.

De pique existió un error básico que fue la brutal incoherencia intrínseca de la política económica y la misma existencia de dos equipos económicos, lo que Astori negó en la campaña electoral y ahora reconoce para intentar sacarse de encima responsabilidades que le caben. Es algo absolutamente elemental que las políticas fiscal, monetaria, cambiaria y de ingresos deben ser consistentes y coherentes. Solo el desvarío político de Mujica apañado por todo el FA, y el cinismo al que nos hemos habituado en los últimos años que da por bueno que todo da más o menos lo mismo, disimularon el desmadre.

Ahora es evidente que se siguieron más objetivos de los que se podían alcanzar con una política económica de cabotaje. Este punto es especialmente importante, si hoy el gobierno debe optar por sacrificar algún objetivo deseable es por el desmanejo de los últimos años, no por ninguna fatalidad. En lo formal el gobierno sigue con la ciencia ficción de intentar mejorar la situación fiscal, mantener la competitividad, bajar la inflación, no subir la presión tributaria, sostener el crecimiento de la economía y mantener el salario real.

Como sabemos la presión fiscal viene aumentando con medidas de ajuste fiscal, la competitividad ha descendido a niveles riesgosos en particular para algunos sectores y la inflación subyacente está por encima del 10%. Pero ese no es el principal problema en el corto y en el mediano plazo, lo será el frente fiscal.

Las previsiones optimistas sobre el crecimiento, que criticamos el año pasado cuando se aprobó el presupuesto, provocarán que el déficit fiscal tienda a aumentar. Se viene conteniendo con los diversos ajustes fiscales pero no solucionando. Las consecuencias serán que el déficit tenderá a aumentar y por lo tanto también la deuda pública, que viene siguiendo un derrotero de crecimiento peligroso, y la inflación.

En el pasado el FA se negó a analizar la instrumentación de una regla fiscal. El exministro Lorenzo incluso la llamó un “invento de la derecha” lo que sabe que es falso. Si se hubiera aplicado en los diez años anteriores se podría haber formado un fondo de estabilización, incluso con un gasto público con crecimiento exuberante, que hoy evitaría el círculo vicioso en el que nos encontramos. ¿Cuál es? El viejo y conocido problema criollo de realizar ajustes fiscales cuando la economía está en caída, lo que acentúa la desaceleración, lo que provoca que vuelva a empeorar el resultado fiscal y allí se requiere, nuevamente, un ajuste que reinicia el ciclo. Nada nuevo, lo que incrementa la responsabilidad del gobierno.

No era tan difícil hacer las cosas relativamente bien como para no arrancar el 2016 con la compleja situación que enfrentaremos. ¿Pero qué podemos esperar de un gobierno que fundió el monopolio de los combustibles cobrando uno de los precios más caros del mundo?

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