Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

EE.UU., Cuba y el Vaticano

Muy pocos lo esperaban y muchos pensaban que era imposible, pero sucedió. Barack Obama desde Washington y Raúl Castro desde La Habana, el mismo día y a la misma hora, dieron a conocer que se reanudaban las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. A unos cuantos se le cayó encima el pesado andamiaje de los prejuicios que caricaturescas versiones de la realidad habían levantado.

Muy pocos lo esperaban y muchos pensaban que era imposible, pero sucedió. Barack Obama desde Washington y Raúl Castro desde La Habana, el mismo día y a la misma hora, dieron a conocer que se reanudaban las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. A unos cuantos se le cayó encima el pesado andamiaje de los prejuicios que caricaturescas versiones de la realidad habían levantado.

El avance fue mucho mayor al esperado ya que se anunció el restablecimiento de las embajadas y retomar un diálogo cortado desde hacía más de 50 años. Incluso Obama promete tratar con el Congreso de mayoría republicana en ambas cámaras el levantamiento del embargo comercial. La noticia fue bien recibida por casi todo el mundo, y no es para menos, el régimen criminal que sufren los cubanos desde hace ya demasiado tiempo no iba a caer por su propio peso, ni la estrategia seguida hasta el presente desde afuera había dado resultado.

Ahora se abre una etapa nueva, que había anunciado ya Juan Pablo II en su visita a la isla cuando expresó: “Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba”. La reafirmó Benedicto XVI, el más liberal de los últimos Papas (aunque como a todo buen liberal muchas veces se lo acuse de conservador), cuando en la propia Plaza de la Revolución habló sobre la necesidad de cambios y llamó, a través de la fe, a buscar una “auténtica libertad”. Ahora el Papa Francisco, como reconocieron Obama y Castro, tuvo un papel clave en el descongelamiento de las relaciones siguiendo una iniciativa que no fue personal ni producto de sus simpatías de izquierda como a veces se dice desde visones maniqueas, sino consustancial al rol que pretende jugar el Vaticano con paciencia milenaria.

Está en la propia base de la ética cristiana la importancia de la libertad del ser humano sin la cual no puede existir la búsqueda del bien, del amor y la solidaridad. Todo lo demás viene por añadidura aunque es común ver al liberalismo y al cristianismo como incompatibles (en particular cuando se habla de economía) cuando la realidad es bastante diferente. Detrás de alguna confusión que causa una mal enfocada crítica al “capitalismo salvaje” que poco tiene que ver con el liberalismo, es contundente la aseveración de Benedicto XVI sobre el asunto: “el liberalismo, sin dejar de ser liberalismo sino, al contrario, para ser fiel a sí mismo, puede enlazarse con una doctrina del bien, en particular con la cristiana que le es congénere”.

La decisión de Obama desató la ira de parte del Partido Republicano pero no de todo. Su ala libertaria, la que ahora encabeza el Senador Rand Paul, estuvo de acuerdo con que no se podían esperar resultados diferentes haciendo siempre lo mismo. Sería bueno para los republicanos, Estados Unidos y el mundo que gane terreno esta visión de la política exterior norteamericana, mucho más ligada a la de los padres fundadores y tan lejana del imperialismo que marcó el siglo XX.

A Cuba se le van acabando las excusas. Ahora, sin enemigos a quien culpar por su fracaso económico, por sus violaciones de los derechos humanos y por sostener una dictadura que la izquierda uruguaya con la hemiplejia moral que la caracteriza se niega a condenar, tal vez encuentre el camino hacia la libertad. Que así sea. 

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