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Hernán Bonilla

El discurso y la realidad

Un viejo problema de nuestro país es que confundimos discutir un tema con abordarlo. Así vemos permanentemente como nos convocan a amplios debates con todos los actores involucrados para elaborar sesudos diagnósticos que luego se pierden en el tiempo, en general por suerte, porque se asemejan bastante a la nada misma.

Un viejo problema de nuestro país es que confundimos discutir un tema con abordarlo. Así vemos permanentemente como nos convocan a amplios debates con todos los actores involucrados para elaborar sesudos diagnósticos que luego se pierden en el tiempo, en general por suerte, porque se asemejan bastante a la nada misma.

Es cierto que nos faltan debates de calidad donde se expresen opiniones contrapuestas y fundadas en temas vitales, pero eso es bien distinto al simulacro de intercambio de ideas y de acuerdos a los que muchas veces llegamos, que implican, en buen romance, no cambiar nada verdaderamente relevante.

Esta introducción viene a cuento de algunos temas que el país tiene en su agenda y que se encuentran virtualmente bloqueados por quienes piden que deben debatirse más a fondo dado que no fueron suficientemente discutidos. Por cierto que es la situación que sufre el gobierno, pero vale tener en cuenta que se extiende a toda la sociedad siendo un profundo problema idiosincrático.

Un ejemplo reciente resulta muy gráfico respecto a este problema. El canciller Nin Novoa planteó que Uruguay se integre como miembro pleno de la Alianza del Pacífico, posición incontrovertiblemente sensata dada la pobre inserción internacional de nuestro país. La respuesta de buena parte de su partido político es que el tema no fue discutido y, por lo tanto, hasta que no lo sea no puede avanzarse en el sentido que plantea el Ministro de Relaciones Exteriores.

Más allá del discurso, la realidad es que Uruguay tiene una pésima inserción internacional, dado que nuestros empresarios deben competir en condiciones mucho más adversas que las que enfrentan sus competidores instalados en Chile, Nueva Zelanda o Colombia, verbigracia. Es cierto que las exportaciones se han diversificado en cuento a destinos en lo que va del siglo, pero ha sido gracias el esfuerzo del sector privado ante la más absoluta pasividad del Estado en lo que puede y debe hacer que es conseguir, al menos, condiciones similares al resto del mundo.

A esto se suma en la Rendición de Cuentas a estudio del Parlamento el incremento de la tasa consular, una medida exactamente opuesta a lo que más le conviene a un país pequeño y presuntamente abierto como el nuestro.

Entonces, a fin de cuentas, queda verificado promediando el actual gobierno que las intenciones del canciller Nin Novoa, lamentablemente para el país, son solo vana retórica y nada se ha hecho por la apertura comercial porque quienes se oponen piensan que el asunto no se ha discutido lo suficiente. Lo que ocurre en términos comerciales es grave pero además es sintomático. Seguimos discutiendo por qué no funcionan las obras por participación público-privada mientras inversiones en infraestructura fundamentales ni siquiera se comienzan, o seguimos discutiendo sobre educación mientras los resultados son terribles con una pasividad pasmosa.

No podemos seguir discutiendo todos los temas eternamente como si el mundo se parara a esperar lo que decida el Uruguay. Lo cierto es que estamos cada vez más lejos en términos culturales y comerciales del mundo y no verlo y no actuar en consecuencia es condenarnos al subdesarrollo y a una sociedad cada vez más fragmentada y dividida. 

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