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Hernán Bonilla

Sobre el centenario de Rodó

Este año se conmemoran los cien años del fallecimiento de José Enrique Rodó, más allá de toda controversia uno de los mayores intelectuales de la historia de nuestro país. Su dimensión más allá de fronteras y su vigencia como escritor, cuando otros mucho más recientes ya han perdido interés, demuestran su relevancia.

Este año se conmemoran los cien años del fallecimiento de José Enrique Rodó, más allá de toda controversia uno de los mayores intelectuales de la historia de nuestro país. Su dimensión más allá de fronteras y su vigencia como escritor, cuando otros mucho más recientes ya han perdido interés, demuestran su relevancia.

Existen diversos planos en que su obra puede ser analizada: como literato, como político, como periodista y en el plano de las ideas, entre otros. En algunos recoge consenso, por cierto francamente positivo, mientras que otras de sus facetas son más polémicas. Dejo de lado, porque es un lugar común la alabanza al escritor, a la que me sumo, para dedicarme a su influencia intelectual.

Empezando por el componente más positivo y recordado por estos días, está su defensa de un verdadero liberalismo filosófico, en particular en su recordado debate con Pedro Díaz sobre el proceso de secularización. En este intercambio Rodó se luce como un defensor de la tolerancia y el respeto a las ideas y creencias del prójimo, aunque no las comparta. Señala con acierto que el pretendido liberalismo que esgrimían los partidarios de la erradicación de toda manifestación religiosa de los espacios públicos era en realidad mero jacobinismo.

El paso del tiempo le ha dado la razón a Rodó y el proceso de separación de la Iglesia y el Estado de comienzos del siglo XX, sano y necesario como era, culminó teniendo consecuencias francamente negativas para la evolución del país por el fanatismo anticlerical de algunos de sus propulsores.

Por otro lado, existe otra influencia de las ideas de Rodó de signo contrario, y que se plasma con el brillo de su pluma en Ariel. En ese libro utiliza dos personajes de La Tempestad de Shakespeare para representar a Estados Unidos (Calibán) y a América (Ariel). “Ariel, el bien parecido, espiritual, artístico y ético, contrastaba con Calibán, que era feo, vulgar, pragmático y codicioso”, señala el economista norteamericano Law-rence Harrison en su crítica a Rodó. Y no está solo, existe una amplia literatura que analiza el impacto cultural negativo del arielismo sobre América Latina, que incluye a autores tan dispares como Carlos Rangel, Tulio Halperín Donghi, Enrique Krauze, Sebastián Edwards y Michael Reid, entre otros.

Esta crítica hace hincapié en que el rechazo infantil a los Estados Unidos que dominó a América Latina en buena parte del siglo XX, tuvo su origen en la obra de Rodó. Y a través de esta influencia también el menosprecio al liberalismo político y económico en que se fue trastocando hasta degenerar en ideas tan absurdas como la teoría de la dependencia. Las venas abiertas... de Eduardo Galeano, en este sentido, puede ser vista como una versión ramplona y exagerada que terminó provocando un profundo daño al desarrollo económico de los países de nuestro continente.

Seguramente Rodó no hubiera estado de acuerdo con Galeano, pero las ideas cobran vida propia con el paso del tiempo y muchas veces terminan plasmándose en las particulares interpretaciones de las siguientes generaciones.

Rodó bien merece ser recordado en este centenario como una de las cumbres de nuestra literatura, aunque su legado sea complejo y más difícil de analizar, fiel al hombre inteligente y culto que fue. 

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