Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

El camino del desarrollo

En los dos artículos anteriores comentamos la actual coyuntura (en el primero) y analizamos las posibles medidas de política económica de corto plazo (en el segundo). En el presente nos vamos a ocupar de un tema menos acuciante pero más importante, finalmente, que son las políticas de desarrollo de largo plazo.

En los dos artículos anteriores comentamos la actual coyuntura (en el primero) y analizamos las posibles medidas de política económica de corto plazo (en el segundo). En el presente nos vamos a ocupar de un tema menos acuciante pero más importante, finalmente, que son las políticas de desarrollo de largo plazo.

Resulta una constatación imposible de confutar que nuestro país, con escasas excepciones, no cuenta con políticas de largo plazo y en algunos temas centrales ni siquiera con algunas definiciones básicas. La bonanza de la década anterior y el bienio en curso de estancamiento son el resultado de las condiciones de la economía internacional precisamente porque no hemos sido capaces de generar políticas de crecimiento autónomas. Existen al menos tres áreas en que debería ser factible arribar a estas políticas esenciales para el desarrollo: la educación, la infraestructura y la inserción internacional.

Cualquier persona medianamente informada sabe que nuestro sistema educativo público está fracasando y, a partir de allí, condenando las posibilidades de movilidad social para cientos de miles de uruguayos. Nuestra sociedad se estratifica confirmando el diagnóstico de sociedad fracturada de que hablan los sociólogos. Las propuestas de reforma existen, y casi todos los técnicos y políticos las comparten, pero cualquier cambio está bloqueado por los sectores radicales del Frente Amplio y los sindicatos. A pesar del aumento exuberante del gasto público a partir de 2005 la inversión fue a todas luces insuficiente. A partir de 2011 se confió en que a través de la participación público privada se iba a suplir esta carencia pero eso no ocurrió ni está ocurriendo. Una ley que brinda escasas garantías a los privados y un Estado omiso en presentar propuestas explican en buena medida este fracaso que se transforma en un verdadero cuello de botella para el crecimiento. No hay excusas, todos sabemos que la inversión en infraestructura es vital pero seguimos corriéndola de atrás y cada vez más lejos de las metas deseables.

En cuanto a la inserción internacional, rompe los ojos que hemos perdido el tiempo lastimosamente. El Mercosur no ha funcionado ni va a funcionar en el mediano plazo porque los países miembros tienen agendas propias e intereses contrapuestos. Es impostergable una apertura al mundo, sin seguir esperando otra década que avancen los sempiternos acuerdos en ciernes y jamás se concretan.

Los asuntos reseñados sintéticamente son claves para que nuestro país pueda desarrollarse a largo plazo y son temas donde existe un considerable acuerdo entre la mayoría de los uruguayos. Si no se logran concretar es porque la mayoría termina aceptando el veto de una minoría conservadora que defiende intereses particulares y mira la realidad desde ideologías perimidas derrotadas.

Pero si la mayoría se deja vencer, la culpa es de esa mayoría y no de la minoría exitosa. Uruguay necesita de un debate de ideas que logre derrotar el patoterismo de quienes pregonando el país productivo y la justicia social terminan siendo los peores enemigos de un país verdaderamente libre, justo y próspero. A no engañarse, es en esa batalla de ideas en que se juega realmente el destino nacional por lo que, a no dudarlo, vale la pena.

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