Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

Ave María

Apartir de la solicitud de un grupo de católicos para instalar una imagen de la Virgen María en la rambla a la altura de la Aduana de Oribe se ha desatado una encendida polémica que trasciende al hecho. Planteada la iniciativa para un espacio público de nuestra capital que ya recoge diversas manifestaciones culturales y religiosas, llama la atención la enconada resistencia de algunas personas en una época en que nos vanagloriamos de nuestra tolerancia y diversidad.

Apartir de la solicitud de un grupo de católicos para instalar una imagen de la Virgen María en la rambla a la altura de la Aduana de Oribe se ha desatado una encendida polémica que trasciende al hecho. Planteada la iniciativa para un espacio público de nuestra capital que ya recoge diversas manifestaciones culturales y religiosas, llama la atención la enconada resistencia de algunas personas en una época en que nos vanagloriamos de nuestra tolerancia y diversidad.

También resulta curioso que quienes se oponen lo hagan en nombre de la laicidad o del liberalismo, lo que constituye una contradicción flagrante de lo que suponen defender. No es casual, sin embargo, que sean los mismos que se desgañitan arguyendo que habría que prohibir que un obispo católico hable sobre educación, verbigracia. El debate sobre laicidad, laicismo, laicidad positiva u otros conceptos que se esgrimen al tratar este tema, al final del día develan un problema añoso y mal resuelto por la sociedad uruguaya: su traumático proceso de separación entre la Iglesia y el Estado. La expulsión violenta del espacio público de toda manifestación espiritual, la erradicación del debate ético de las concepciones trascendentes del ser humano y el cercenamiento de un aspecto fundamental de la civilización que desde el fondo de los tiempos empobreció a la sociedad uruguaya.

Nuestro Estado, parapetado en una presunta laicidad, en realidad ejerció desde comienzos del siglo XX un ateísmo militante. Nunca fue neutral frente al fenómeno religioso, lo persiguió y amedrentó. Basta observar la convivencia en la diversidad de creencias en otras tierras, para constatar que lo que ocurrió en Uruguay fue excepcional por lo pernicioso.

Es justo reconocer que la situación mejoró en tiempos recientes, en particular desde la recuperación democrática. La cruz del Papa Juan Pablo II en Tres Cruces defendida por un presidente batllista como Sanguinetti o la instalación en el mismo lugar de una estatua durante la presidencia de un exsocialista como Vázquez, dan cuanta de una mayor apertura. Otros monumentos montevideanos representativos de distintas religiones dan cuenta del mismo proceso, o sea que la beneficiada no fue la Iglesia Católica con un privilegio particular, lo que sería inconstitucional e incorrecto, sino todas las manifestaciones de índole espiritual o cultural.

Pero aún en nuestros días existen personas que defendiendo una falaz concepción de laicidad quieren encerrar a los curas en las iglesias y ponen el grito en el cielo si monseñor Sturla opina, como cualquier cristiano, de los temas del quehacer colectivo. Son los mismos que ya a comienzos del siglo XX se decían liberales y Rodó denunció implacablemente como lo que realmente eran y son, jacobinos que piden la cabeza del que piensa distinto.

No existe ninguna razón más allá del prejuicio para negar la instalación de una imagen de la Virgen María en un lugar donde año a año se reúnen miles de católicos a rezar por las familias, sin hacerle mal a nadie y seguramente haciéndole bien a muchos. La junta departamental debe aprobar sin más trámite el permiso solicitado, ya avalado por la Intendencia, si queremos enorgullecernos de un país en donde cada persona pueda manifestarse de acuerdo a sus creencias con libertad y respeto.

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