Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

En las actuales circunstancias

En el artículo anterior analizamos la actual coyuntura, a partir de la constatación de que desde 2015 cambió la fase del ciclo y entramos en un estancamiento que se prolongará durante el presente año. Se verificó entonces que el período de prosperidad excepcional que vivimos ya pasó y que hoy saltan a la vista los errores de la política económica, en particular el aumento exuberante del gasto público y la descoordinación de los componentes de la política económica.

En el artículo anterior analizamos la actual coyuntura, a partir de la constatación de que desde 2015 cambió la fase del ciclo y entramos en un estancamiento que se prolongará durante el presente año. Se verificó entonces que el período de prosperidad excepcional que vivimos ya pasó y que hoy saltan a la vista los errores de la política económica, en particular el aumento exuberante del gasto público y la descoordinación de los componentes de la política económica.

Es importante también tener en cuenta que las razones fundamentales del crecimiento así como del actual estancamiento, son externas. Uruguay se mueve hacia donde sopla el viento; antes fue positivo y ahora es negativo. Ese no es el destino ineluctable del país, se pudieron (y se debieron) haber generado condiciones para lograr un crecimiento endógeno pero no fue lo que ocurrió.

Descartadas entonces las mejores opciones de política económica, entre las que estaban, verbigracia, haber creado una regla fiscal que hoy nos salvaría del ajuste o haber impulsado una agresiva política de apertura al mundo que nos alejara de la dependencia regional, hoy el gobierno debe tomar medidas sin disponer de las mejores a su alcance.

Dado el berenjenal en el que nos hallamos ahora en que el estancamiento nos encuentra con elevados niveles de endeudamiento, déficit fiscal e inflación, veamos cuáles son las medidas menos malas que se pueden adoptar.

Partamos de la base de que tiene razón el presidente de la República cuando manifiesta que mantener el grado inversor debe ser un objetivo prioritario. Conservar esa calificación implica mantener la macroeconomía bajo control, por lo tanto, como al estancarse la economía también se estancará el crecimiento de los ingresos del Estado no se puede seguir aumentando el gasto. Incluso ante la posibilidad de que disminuyan los ingresos, la política fiscal debe estar en el centro de la atención del gobierno.

El ministro Astori es consciente de esta situación y por eso anunció que presentará a fin de mes un paquete de recortes en el presupuesto. Indudablemente es el mejor camino disponible, ya que el ajuste por el lado de la suba de impuestos sería más recesivo y no tomar ninguna medida sería una pésima señal de incomprensión del momento que atravesamos.

Ese recorte debería ir por el lado de topear la ejecución del gasto en algunos ministerios y empresas públicas. Sería razonable, verbigracia, excluyendo áreas sensibles co-mo educación, salud, seguridad y los planes sociales, topear la ejecución del gasto en un 90% de lo presupuestado en gastos de funcionamiento. No debería afectarse el rubro inversiones, que es bajo y muy necesario, para que no se siga deteriorando la infraestructura del país. Adicionalmente debe prepararse una rendición de cuentas que ajuste a la baja las previsio-nes de crecimiento para es- te año a niveles realistas y no aumente el gasto, aunque existirán presiones de la propia bancada oficialista para hacerlo.

Dentro del estrecho margen de maniobras de que dispone el gobierno, este camino que, lo reiteramos, no es bueno, es el menos malo en las actuales circunstancias. Ojalá algún día entendamos el daño que causan las políticas procíclicas; por ahora es evidente que es una lección que nos negamos a aprender.

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