Hebert Gatto
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Otro Versalles

Días pasados se celebró en París una mini cumbre de integrantes de la Unión Europea con Francois Holande como anfitrión, Angela Merkel representando a Alemania, Mariano Rajoy a España y Paolo Gentilone a Italia, es decir una reunión de los mayores países de dicha asociación de naciones.

Días pasados se celebró en París una mini cumbre de integrantes de la Unión Europea con Francois Holande como anfitrión, Angela Merkel representando a Alemania, Mariano Rajoy a España y Paolo Gentilone a Italia, es decir una reunión de los mayores países de dicha asociación de naciones.

El motivo: la reafirmación del espíritu unionista, luego de la ya decretada autoexclusión inglesa en el contexto de las cercanas elecciones tanto en Alemania, como en Francia, Holanda y posiblemente Italia y la amenaza del eventual triunfo en ellas de gobiernos de ultra derecha como el de Marine Le Pen, Matteo Salvini, Geert Wilders y Norberto Hoffer, con programas de corte ultra nacionalista. Un panorama que luego del enorme golpe del Brexit, adelanta un futuro complejo para la unidad de Europa, pero a la vez exhibe la aparición de una nueva y preocupante forma de régimen político: el populismo de derecha, tal como ya se manifestó en Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia. Sumado, fuera del continente pero con proyección mundial, a la inquietante figura de Donald Trump y su también retrógrado nacionalismo. Una forma de movilización de extrema derecha con grandes chances de convertirse en un populismo autoritario, como parece pretender el presidente de los E.E.U.U.

Lo curioso y en cierta manera paradojal, asumiendo los meandros y contradicciones de una historia siempre lejana a cualquier desarrollo lineal, es que este encuentro europeo se desarrolló en el Palacio de Versalles, en el mismo asentamiento donde algo menos de un siglo antes se habían reunido los vencedores de la primera guerra mundial, con propósitos simétricamente opuestos: sancionar el fin de las hostilidades, castigar a los derrotados en ella, particularmente Alemania y alumbrar una Europa de naciones. Tanto fue así que cumpliendo este propósito se decretó la aparición de nuevos actores internacionales como el Reino de Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, Polonia y Austria, bajo la tutela del presidente estadounidense Woodrow Wilson. Quien no sólo alentó el principio de determinación de los pueblos, sino que también propició la formación de la Sociedad de Naciones, que pese a la retórica que la rodeó sólo fue una cobertura para el dominio mundial de los vencedores de la Gran Guerra. Como ahora sabemos ello redundó en la catastrófica segunda guerra mundial.

Ahora ocurre la antítesis de aquello. Alemania, la gran derrotada, tanto que hasta se amagó con borrarla del mapa, resulta actualmente la principal nación europea y la más fervorosa inspiradora de una línea internacionalista que en algunos aspectos hace justicia al cosmopolitismo kantiano, una atalaya contra el nacionalismo. Francia, España e Italia, o por lo menos sus gobiernos, deciden seguirla, convencidas que sólo una política que supere fronteras, tan distinta a la emergente del Versalles de 1919, puede hacer realidad un mundo mejor. Al unísono otra parte del planeta, con Estados Unidos a la cabeza, perseguida de cerca por Inglaterra parece inclinarse por cerrar el mundo, levantar fronteras amuralladas y proclamar, urbi e orbi, el nacionalismo más embravecido, aquél que parte de la primacía absoluta de sus respectivas naciones. No es sencillo predecir como terminará este enfrentamiento. Lo que sí podemos afirmar es que la amenaza fascista con forma populista, ha vuelto a renacer. Ello, junto al terrorismo como combustible de este proceso, supone un dramático retroceso civilizatorio.

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