Hebert Gatto
Hebert Gatto

Venezuela

Asumir los padecimientos que los venezolanos soportan política, social y económicamente, genera una extendida indiferencia cuando debiera ser sentido por los diferentes gobiernos del continente como el drama de una hermana nación.

Asumir los padecimientos que los venezolanos soportan política, social y económicamente, genera una extendida indiferencia cuando debiera ser sentido por los diferentes gobiernos del continente como el drama de una hermana nación.

No para intervenir en sus asuntos sino para hacerle llegar el respaldo y la solidaridad de su entorno. Sus dificultades son conocidas y graves, sin que los restantes países americanos, otrora favorecidos por el régimen venezolano parezcan ahora conmoverse.

Más bien, su estrategia radica en callar y no hacer olas, una práctica muy distante a la que seguían cuando se reunían y hacían públicas altisonantes declaraciones para celebrar el “socialismo del siglo XXI”. O cuando aclamaban al extinto Presidente Chávez, como el émulo de Bolívar, un renacido prócer de abierta billetera, capaz de renovar las añosas estructuras de la izquierda latinoamericana (recordemos por ejemplo su apoteosis, en Mar del Plata en el 2005, al crear el ALBA y hundir el ALCA, o años más tarde al promover la Unasur). Una figura tan relevante como para señalar un nuevo camino para la “patria grande”, el ámbito de la hermandad popular.

Lo cierto es que si la Venezuela chavista nunca constituyó un ejemplo de Estado de derecho, hoy ya nada funciona en ese país, probablemente, el más rico del continente. Desde la salud, un bien escaso, la alimentación o la vestimenta, hasta el mero transitar por sus ciudades, castigadas con una delincuencia indetenible. En una nación cuyos índices de criminalidad son de los más altos del mundo y su porcentaje de pobreza se estima que alcanza actualmente a la mitad de la población. Como nada queda de su patria grande, concebida bajo una única identidad ideológica.

Cuando las recientes elecciones parlamentarias acreditaron que el régimen bolivariano había perdido su mayoría electoral, sus contradicciones emergieron de un golpe. Sabido es que populismo y separación de poderes constituyen una mezcla volátil imposible de estabilizar. Tanto que la apelación del populismo a representar sin mediaciones a las mayorías populares, constituye la principal justificación de sus líderes, en una retórica que los lleva a desconsiderar a las minorías, el equilibrio institucional y al Estado de derecho, lo que marca su diferencia con la verdadera democracia.

Esta es la razón por la cual cuando estos gobiernos pierden la mayoría electoral (algo que sin drama ocurre en la democracia liberal), desaparece el fundamento último de su legitimación. Incapaz de gobernar en minoría, e impedido de acudir a las opciones plebiscitarias a las que era afecto Chávez, Maduro sólo pudo negar con argucias el plebiscito revocatorio aprobado por la oposición, lo que implicó desconocer la Constitución que el propio régimen chavista había hecho aprobar. Este desconocimiento, junto al estado de excepción, el copamiento del Poder Judicial y al estrangulamiento de los medios, lo va transformando en el peor de los populismos. Su variedad más nefasta. Aquella que implica la renuncia a la democracia, incluso en la estrecha versión populista de la misma. Pero que tiene varios antecedentes en la historia, desde algunas de las expresiones del fascismo en la derecha, hasta el comunismo de Ceaucescu en Rumania, el delirio camboyano, o el actual sainete de Corea del Norte en la izquierda.

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