Hebert Gatto
Hebert Gatto

Venezuela

Para Platón los reyes filósofos eran los gobernantes de la utópica Calípolis, la ciudad-estado ideal.

Para Platón los reyes filósofos eran los gobernantes de la utópica Calípolis, la ciudad-estado ideal.

Ellos, junto a los guardianes armados, eran seres prudentes y sabios capaces de comprender y difundir entre los habitantes las normas de la buena sociedad. Se casaban entre grupos y socializaban sus bienes a efectos de evitar la corrupción. Obviamente que este gobierno de intelectuales estaba lejos de la democracia, por más que también difiera radicalmente de la dirigencia de la actual Venezuela, una oligarquía cívico-militar donde propiedad privada y propiedad pública se confunden, y cuyos gobernantes, encabezados por el inefable Maduro, en nada se asemejen a los sapientes filósofos platónicos.

Pese a sus reiterados ataques a la institucionalidad no es fácil, sin embargo, caracterizar adecuadamente al actual sistema político venezolano. No se trata de un estado de criminalidad desatada, al estilo de Siria o Yemen, ni una abierta dictadura ideológica como Corea del Norte o Cuba, menos una autocracia de transición que combina el monopolio político de un partido con el mercado libre o semilibre, como China o Vietnam. Más bien se trata de un régimen altamente autoritario, cuyo ejecutivo, valiéndose de la sumisión del poder judicial desconoce de manera absoluta a un legislativo de composición opositora, aún cuando no lo destituye. Tampoco, pese a reprimir, impide abiertamente las manifestaciones populares. Por más que carece de tolerancia, el alma de la democracia liberal. Si bien en sus comienzos chavistas pretendió exhibir una ideología -el socialismo bolivariano o del nuevo siglo, basado en la inspiración del alemán Hans Dieterich Steffan, una mezcla de marxismo con populismo latinoamericano-, actualmente perdida toda referencia doctrinaria, deriva hacia una dictadura clásica, cuya única aspiración es aferrarse al poder apelando a consignas vagamente izquierdistas.

La oposición, que según las encuestas representa alrededor del setenta por ciento del pueblo venezolano, carece, más allá de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), de una organización partidaria estructurada. Mientras las fuerzas armadas, constituidas en árbitro de la situación, continúan sosteniendo al gobierno. El reciente plebiscito opositor es expresión del desgaste de un régimen que, aislado y desesperado, apela al absurdo llamamiento a la Asamblea Nacional Constituyente. Un disparatado recurso que no se compadece con el clima de descomposición venezolano, solo remontable mediante elecciones generales.

La situación, reiterada en nuestro continente, exhibe nuevamente las dificultades para adoptar la democracia liberal, a pesar de mostrar algunas novedades respecto a su historia tradicional. Nos referimos al incontenible proceso de globalización. Fuera de la aprobación de Rusia, Irán o Bolivia y a la ambigua tesitura “colaborativa” uruguaya, Venezuela no cuenta con apoyos internacionales significativos. Ahora, la condena de los EE.UU. pende sobre ella. Amenaza con suspenderle la compra de petróleo, un golpe mortal para su economía. Sin embargo lo deseable sería que esto no sucediera. Pese a su efectividad no parece bueno para nuestra América que sea Donald Trump, un enemigo del orden internacional, quien devuelva la democracia a Venezuela. Mucho se parece a una intervención.

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