Hebert Gatto
Hebert Gatto

Uruguay y Venezuela

Es verosímil pensar que la atención que los medios de comunicación prestan a algunos acontecimientos políticos, reiterándolos persistentemente, amplifiquen o incluso generen sus efectos.

Es verosímil pensar que la atención que los medios de comunicación prestan a algunos acontecimientos políticos, reiterándolos persistentemente, amplifiquen o incluso generen sus efectos.

No obstante con frecuencia es la propia gravedad de los sucesos la que justifica esa atención. Desatenderla en base a preconceptos generales, es también una forma ideologizada de encarar la realidad. En este caso, no solamente por la importancia de Venezuela para Latinoámerica, sino por lo que el chavismo supuso para ella al dotar a la izquierda continental, dañada por la caída del comunismo, de un movimiento que reemplazó a sus perdidos paradigmas y se extendió, de los noventa en adelante, a los países vecinos. De allí que lo que ahora ocurre, además de su gravedad en términos del sufrimiento de su población, debe conceptuarse como una crisis, probablemente terminal, de la segunda etapa del populismo, por lo menos en su manifestación de izquierda. Coincide con fenómenos políticos similares en Argentina, Brasil (con matices) y más indirectamente en Ecuador y Bolivia.

Innecesario resulta señalar que el Presidente Nicolás Maduro y sus partidarios desconocen la democracia en su país. El chavismo fue derrotado en los comicios efectuados a fines del 2015 (los que no fueron invalidados) donde se eligió un Parlamento (Asamblea Constituyente) en el que la coalición opositora cosechó el 56.2% de los votos, lo que le otorgó los 3/5 de las bancas. Sin embargo el Ejecutivo, apelando a un organismo judicial designado luego de su derrota, impidió desde el primer momento que el Parlamento ejerciera sus funciones, ignorándolo como poder del Estado. Además de rehusarse, pese a las firmas recogidas al efecto, a la realización de un referéndum revocatorio de su mandato constitucionalmente previsto. Todo lo cual significó un golpe de Estado opuesto a la voluntad popular que desde hace meses manifiesta en las calles su frustración. El resto son detalles de este esquema. Como lo es la terrible situación social que vive el país.

Frente a este panorama, el gobierno uruguayo, pese a haber sido denostado por el chavismo, eligió una estrategia de medias tintas optando por la concesión frente al oficialismo venezolano. Bajo el pretexto de impedir un enfrentamiento y acatar el principio de “no intervención”, terminó aceptando una solicitud de Maduro para integrar un grupo “facilitador” del diálogo con la oposición. Una propuesta que en términos similares ya había fracasado en octubre del año pasado, dilatando la vuelta a la normalidad. Al tiempo que se opuso en la OEA a una moción que instaba al cese de la promoción de la inoportuna Asamblea Constituyente, demandaba la libertad de los presos políticos y solicitaba un urgente calendario electoral. Una negativa claramente reveladora de la ambigüedad de la posición uruguaya que no puede seguir ignorando que aquello que Venezuela requiere con urgencia no es una negociación ni un diálogo entre facciones enfrentadas. Requiere el inmediato cumplimiento de su Constitución, reestablecer las funciones del Parlamento, fijar un claro cronograma electoral y respetar los derechos humanos, políticos y sociales de los ciudadanos de su pueblo. El resto es pura hipocresía a la que Uruguay no puede prestarse.

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