Hebert Gatto
Hebert Gatto

El tarifazo

Vistas las dificultades económicas heredadas, seguramente el actual gobierno no tuvo otra salida que un ajuste fiscal, como se sabe, un pérfido instrumento de las derechas para empobrecer a las mayorías populares.

Vistas las dificultades económicas heredadas, seguramente el actual gobierno no tuvo otra salida que un ajuste fiscal, como se sabe, un pérfido instrumento de las derechas para empobrecer a las mayorías populares.

Para implementarlo dispuso de tres alternativas, ninguna simpática: bajar el gasto del Estado y chocar con los gremios, aumentar la carga impositiva y pelearse con todos o, ¡qué remedio!, una combinación de ambas opciones para atenuar el golpe. Recurso al que apeló, dijo, para no generar desestímulos al crecimiento, pese a que este ya ingresó a la historia. En los hechos es una medida clásica en un continente que, pese a la sempiterna crítica progresista, la soportó en toda su historia. Este tarifazo, por más que ahora tenga autoría “progresista”, tampoco agradó a nadie. Por varias razones.

La primera es que el gobierno siempre había proclamado, y volvió a ratificar en el Presupuesto, que, dada nuestra salud económica, tal medida no sería necesaria. Pese a que ya por entonces no era difícil suponer que las circunstancias externas no ayudarían a despejar dificultades de orden claramente estructural. Dilma Rousseff podía no caer, pero era obvio que la economía brasileña no por ello se iba a reponer; tampoco estaba claro qué sucedería en la Argentina. Tampoco nada permitía presagiar que los precios de los commodities fueran a subir a corto plazo, que el déficit presupuestal del país pudiera súbitamente disminuir, que aumentara la ocupación o Venezuela importara nuestros excedentes. El conjunto de los economistas advirtieron que el crecimiento futuro, tal como se proyectaba, no coincidía con la realidad. No obstante, el ministro de Economía y su equipo, insistió en su predicción. Ilusionó a la población y perdió la oportunidad de ajustar en ese momento, con el resultado que hoy el déficit alcanza al 4% del producto.

Pero no con eso terminaron sus errores, que desde entonces se repitieron sin interrupción. Quizás porque varios años de contextos favorable le hicieron creer que estaba inoculado para siempre frente a la adversidad y que, aunque costara, debía defender el impresentable legado mujiquista. Al fin y al cabo, también suyo. Martín Aguirre recordaba desde estas mismas páginas, que quien informó sobre lo proyectado fue nada menos que el inefable Raúl Sendic, de lejos el menos indicado para ello. La medida tampoco autorizaba al presidente y al ministro de Economía a subestimar a la población, alegando que por más que aumentaban las tasas, honraban su promesa de no crear nuevos impuestos. Una justificación para niños chicos y tontos.

Todas estas son torpezas, algunas arrogantes, pero no explican el pasaje de una década en la que crecíamos a tasas chinas, a la súbita necesidad de aplicar, como un rayo en día soleado, un gravamen por encima del promedio mundial. Un impuesto en versión despiadada, que al solo autorizar deducciones escasas y prefijadas (no reales), que incluso ahora se disminuyen, suponen un gravamen terriblemente injusto. Todo para recaudar quinientos millones de dólares por año, el 1% del producto. Una suma menor, no a lo gastado por Ancap, sino a la diferencia entre lo por ella estimado y los cientos de millones que realmente invirtió. ¿Cómo entonces, no sospechar imprevisión y despilfarro?

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