Hebert Gatto
Hebert Gatto

Las políticas sociales

Una de las muchas consecuencias de la campaña electoral radica en que los diferentes partidos debatan sobre políticas sociales.

En este sentido John Rawls, el principal filósofo ético del siglo XX, afirma que la moral contemporánea, base de los programas políticos, se reparta entre el utilitarismo (solo es correcto lo que contribuye al máximo de felicidad colectiva, aunque sacrifique a algunos) y una serie de intuiciones morales independientes unas de otras, con los cuales se pretende sin coordinación alguna, hacer frente a los problemas políticos (y no políticos) de la vida moderna. Como es obvio este dilema se agudiza cuando lo que se debate son temas sociales, por naturaleza directamente basados en formulaciones éticas, las únicas capaces de responder a interrogantes del tipo de: ¿porqué el estado debe ayudar a determinados sectores sociales y no a otros?, ¿dichas políticas deben efectuarse mayoritariamente mediante transferencias dinerarias? o, por caso, ¿hasta donde llegan

Una de las muchas consecuencias de la campaña electoral radica en que los diferentes partidos debatan sobre políticas sociales.

En este sentido John Rawls, el principal filósofo ético del siglo XX, afirma que la moral contemporánea, base de los programas políticos, se reparta entre el utilitarismo (solo es correcto lo que contribuye al máximo de felicidad colectiva, aunque sacrifique a algunos) y una serie de intuiciones morales independientes unas de otras, con los cuales se pretende sin coordinación alguna, hacer frente a los problemas políticos (y no políticos) de la vida moderna. Como es obvio este dilema se agudiza cuando lo que se debate son temas sociales, por naturaleza directamente basados en formulaciones éticas, las únicas capaces de responder a interrogantes del tipo de: ¿porqué el estado debe ayudar a determinados sectores sociales y no a otros?, ¿dichas políticas deben efectuarse mayoritariamente mediante transferencias dinerarias? o, por caso, ¿hasta donde llegan las obligaciones estatales para con sus ciudadanos?

Es obvio asimismo, que tales estrategias se encuentran limitadas por los recursos con que los estados cuentan en cada momento para implementarlas. En los debates uruguayos la polémica se plantea comparando los logros de los partidos tradiciones con los de los gobiernos frentistas que los sucedieron. Argumentándose que el país nunca fue mas justo que ahora, cuando han descendido los índices de pobreza y desocupación. Por su lado, sus adversarios intentan deslegitimar estas mediciones -alegando que no estuvieron mejor- o relativizarlas. Sin embargo, parece cierto que el país atravesó un período de bonanza que mejoró la suerte de los sectores más bajos. Pero esta polémica se encuentra mal planteada.

En general, es cierto lo que dicen las mediciones, los pobres son menos pobres, pero el asunto radica en saber si estos, de seguirse otra política, pudieran estar aún mejor o si el ascenso económico de unos no se hizo a costa de la baja o el estancamiento de otros. Esto último, para determinada concepción moral puede estar bien y no estarlo para otras, lo que en una democracia obliga a discutir concepciones éticas y no políticas concretas cuando se escoge un partido.

Así por ejemplo, para Rawls, los principios que deben regular las instituciones de un Estado bien ordenado se deben basar en la máxima que: "Todos los bienes primarios sociales -libertad, oportunidad, ingresos y riquezas y los fundamentos de la propia estima- tienen que distribuirse de modo igual, a menos que una distribución desigual de todos o algunos de estos bienes, resulte ventajoso para los menos favorecidos".

En este último caso, manteniendo prioritariamente las libertades básicas intocadas, las desigualdades de ingresos solo pueden autorizarse cuando favorecen a los menos agraciados. O, en el otro extremo, para los marxistas y afines, la justicia, es un invento burgués inexistente y el único modo de terminar la explotación -fuente principal de desigualdad- es terminar con la propiedad privada y mientras tanto, en la transición, la moral no es más que una suma de intuiciones de sentido común a la espera de la revolución liberadora.

Como se ve, de nada vale debatir políticas concretas, para lograr justicia social, mientras no se clarifiquen sus grandes principios inspiradores. Porque en el fondo, pese a vacías exhortaciones de pragmatismo, nada es más imposible que desprenderse de doctrinas e ideologías.

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