Hebert Gatto
Hebert Gatto

Peronismo o democracia liberal

Las recientes elecciones argentinas tuvieron dos claros derrotados: el kirchnerismo encabezado por la Presidenta, por un lado, y las empresas de encuestas, por el otro. Un planteo que en estos mismos términos, acaba de formular Sergio Massa, el tercero en discordia de estos comicios. Por más que se trate de fracasos de muy diferente naturaleza.

Las recientes elecciones argentinas tuvieron dos claros derrotados: el kirchnerismo encabezado por la Presidenta, por un lado, y las empresas de encuestas, por el otro. Un planteo que en estos mismos términos, acaba de formular Sergio Massa, el tercero en discordia de estos comicios. Por más que se trate de fracasos de muy diferente naturaleza.

En cuanto a las encuestadoras digamos en su defensa, que no resultaba sencillo prever el futuro comportamiento electoral de los argentinos entre tres opciones contrapuestas, en que dos de ellas, aun siendo independientes, albergaban un mismo interés: enfrentar el continuismo del gobierno, percibido por los anti K, como el principal problema de la Argentina. Además que muchos simpatizantes liberales de Scioli, terminaron por no votarlo, dado su temor al autoritarismo kirchnerista. Una decisión que también ganó a los indecisos -entre el 8 y 10% el del electorado-, en opciones indetectables en las encuestas.

Este desempeño de la ciudadanía confirma la clave de esta elección: el revés del Frente para la Victoria es consecuencia de la actuación de Cristina Fernández y su movimiento, que si bien retuvo un apoyo de alrededor del 30% del electorado, (si se le resta los votos propios de Scioli), sigue lejos del 54% obtenido hace cuatro años. Una caída muy notoria, no atribuible solamente a la compleja situación económica del país, sino asimismo, a una serie de errores estratégicos del oficialismo durante la campaña. Tal como imponerle a Scioli un candidato a vicepresidente ortodoxo y de mala imagen, o un impresentable Aníbal Fernández como gobernador de la provincia de Buenos Aires, haciendo patente que la fórmula sciolista era una continuación del gobierno saliente. Sin advertir (o advirtiendo) que si ése era el camino para el futuro retorno de Fernández, seguramente no lo era para el triunfo de Scioli. Lo cierto es que el peronismo ortodoxo que permitió que el kirchnerismo copara su ala más popular mediante agrupaciones tan ambiguas como La Cámpora, Peronismo militante o Madres, pagó muy caro esta admisión, que a su vez contrarió a los sindicatos justicialistas. La presidenta, el mascarón de proa del movimiento, pese a su histrionismo populista, no logró mantener afinidad con los sectores más marginados de la Provincia de Buenos Aires, ni perpetuarse, como pretendió, como una Evita rediviva. Esto la llevó a la derrota en aquellos sitios donde no podía perder: el fundamental conourbano de la Provincia de Buenos Aires, con más de once millones de ocupantes, donde los “barones peronistas”, hasta ahora mantenían feudos y votos. Con esto entregó la Provincia -38% del electorado total-, y debilitó su exigua mayoría nacional.

Entre tanto, los aun extendidos sectores medios, erosionadas por un gobierno populista, que dividió a la Argentina entre kirchneristas y opositores al gobierno, tensando hasta un límite peligroso las relaciones entre clases y grupos sociales, optaron por lo que suponen el camino del diálogo y del consenso, sin arriesgarse con un Daniel Scioli cuyo grado de independencia del oficialismo constituye un enigma.

Todo parece indicar que la tarea de Macri para la segunda vuelta resulta más despejada que la de su rival. Pero la elección abre muchas interrogantes.

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