Hebert Gatto
Hebert Gatto

Pendencias y expectativas

En estas fechas resulta común volver la vista a lo ya hecho para abocarse a balances y pronósticos, especialmente si se trata de un país y sus incertidumbres. Fundamentalmente para adquirir un mejor conocimiento de sus disponibilidades, inventariar sus desafíos y con ello, adoptar las mejores medidas para encarar el futuro.

En estas fechas resulta común volver la vista a lo ya hecho para abocarse a balances y pronósticos, especialmente si se trata de un país y sus incertidumbres. Fundamentalmente para adquirir un mejor conocimiento de sus disponibilidades, inventariar sus desafíos y con ello, adoptar las mejores medidas para encarar el futuro.

En un análisis que trasciende lo político partidario pero no lo elude. En este sentido no es necesaria una actitud antifrentista para desconfiar del forzado y reiterado optimismo económico del gobierno uruguayo. Nada apto para generar en la sociedad la cuota de realismo que la ayude a enfrentar sus crecientes dificultades.

Si en óptimas condiciones contextuales, cuando todo ayudaba, la actuación de la primera administración frentista permitió superar un estancamiento de larga data y distribuir excedentes con cierto tino, en la segunda de ellas, la misma bonanza la llevó a perder la prudencia para mostrarnos la otra cara del éxito. La de Ancap y sus secuelas. Mucho más cuando era notorio que ese mundo invertido, donde los exportadores del tercer mundo imponían precios y condiciones a los centros no podía prolongarse. Contrariaba al sistema.

Hoy finalizado ese ciclo, la década feliz resulta una anomalía histórica -propiciada por otra como la inesperada emergencia de China como potencia-, que muestra a un partido y a un gobierno incapaz de encararla. No solamente por las debilidades de muchos de sus conductores, comenzando por sus dirigentes principales, sino por sus profundas diferencias ideológicas, que disimuladas durante el buen tiempo, hoy resultan notorias.

Especialmente si consideramos que los muchos asuntos a la espera de resolución no son únicamente económicos. Afrontarlos requerirían un amplio consenso partidario que el gobierno no busca y la oposición no reclama. Las encuestas de expectativas que revelan no solamente las esperanzas sino los temores de la población se muestran inequívocas. Vale reiterar sus principales contenidos, aunque sean conocidos. En primer lugar la educación, donde emergen las recurrentes dificultades de un país que no forma o forma mal a su juventud, desde la escolar a la universitaria y que se muestra incapaz de asumir el tema por debilidad y temor frente a los poderes fácticos que el mismo ayudó a consolidar. Seguramente porque nunca entendió que en democracia las organizaciones sociales opinan pero no deciden, intervienen pero no imponen, como ocurrió en el 2015. Ocioso es decir que si no se aprende a enseñar mal se sobrevivirá en el mundo del futuro.

Luego nos espera la seguridad pública, en sus múltiples dimensiones. Un asunto que más allá de atemorizar a la mayoría de los citadinos los obliga a una vida geográficamente acotada con zonas de circulación vedadas y una complicada vida local, erizada de mastines, rejas y alarmas. Ello hace que Montevideo y muchas localidades del interior presenten un aspecto bélico, dividido en territorios hostiles y subculturas específico. Como si, siguiendo a Umberto Ecco, renaciera la Edad Media y sus feudos. Advirtamos que una cosa es el multiculturalismo étnico, un fenómeno poco relevante en el Uruguay y otro la exclusión y la marginación social: la diversidad por mera degradación de los relegados, en especial los más jóvenes. Sin olvidar que esta situación, notablemente acelerada en los últimos tiempos, se relaciona directamente con el declive de los servicios educativos comunes. La túnica y la moña interclasista que a todos uniformizaba pero que hoy nos distingue. En lo que constituye un proceso parcialmente ajeno a la baja de la pobreza e íntimamente vinculado a la degradación de valores y a la pérdida de horizontes compartidos.

En el último lugar del tríptico de las principales asignaturas sociales pendientes, aparece la salud pública, un ámbito donde el gobierno ha logrado alguno avances, consagrando parcialmente un sistema universal de atención. Otra cosa es evaluar si este tiene un adecuado funcionamiento, si se otorgan todas las prestaciones que el país puede financiar y si ello se hace en las mejores condiciones posibles. Todo lo cual resulta altamente dudoso.

En cuanto a los muchos asuntos postergados en economía, donde tan condicionados nos encontramos, aún cuando algo se avanzó en el decenio anterior, las perspectivas tampoco parecen las mejores. Mucho menos mientras la mayoría del partido de gobierno y el movimiento sindical, paralizado por sus prejuicios ideológicos, no entienda que es deseable abrir el país e integrarnos, nosotros y nuestra región, a los espacios económicos afines, obviamente que sin abandonar nuestra soberanía. Asumiendo de una vez que el mundo no nos espera.

Para concluir con esta desencantada proyección de expectativas, cabe afirmar que tampoco debemos, aunque así lo quisiéramos, aguardar grandes cambios para el futuro inmediato. Ni es ése el clima espiritual del país, de últimas el fundamental motor del desarrollo. El que decide la partida. Como dijimos, la coalición gobernante, ya no parece contar con suficiente unidad. Sus diferencias internas son relevantes y no dependen exclusivamente de hombres ni de actitudes: tienen que ver con distintas concepciones del mundo y de la vida, como antes se decía. Además que la pericia para navegar en mares embravecidos, parece serle esquiva.

Ocurre que en un plano general la izquierda radical ha perdido sus modelos de identificación. Más allá de la igualdad, un valor en el que desde Jesucristo casi todos concordamos, carece de la mínima referencia sobre un modelo social que la haga posible. Se encuentra prisionera del capitalismo, lo practica, pero lo rechaza verbalmente en cualquiera de sus versiones. Tal como si pudiera sustituirlo. Cuando resulta gobierno sólo sale de su anemia cuando éste mismo capitalismo la impulsa. Como sucedió en este decenio. Pese a que lo mismo le ocurre a la derecha democrática, que por lo menos no lo odia, aunque no le preocupen, como debería, los demasiado ricos.

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