Hebert Gatto
Hebert Gatto

Un nuevo horizonte

Aparentemente el gobierno entrante está decidido a rectificar rumbos en materia de política internacional. Una perspectiva que dice mucho, aunque no todo, de su futura opción ideológica. Diversas pistas, algunas ya constituidas en hechos, abonan esa presunción.

Aparentemente el gobierno entrante está decidido a rectificar rumbos en materia de política internacional. Una perspectiva que dice mucho, aunque no todo, de su futura opción ideológica. Diversas pistas, algunas ya constituidas en hechos, abonan esa presunción.

Tales los nombramientos como ministro de Rodolfo Nin Novoa y de José Luis Cancela como su vicecanciller, en sustitución de la dupla Almagro-Porto de lineamientos bastante diferentes. Negándose, valga el ejemplo, a condenar la teocracia iraní en reiteradas oportunidades o sancionando al gobierno paraguayo por una destitución presidencial legítima, en lo que constituyó un apartamiento del derecho junto a un acto grosero de intervención. Por más que todo se procesara con la particular discreción y sordina de la política exterior uruguaya.

A tales nombramientos lo siguió la reciente designación como Director General de Secretaría de la Cancillería del ex embajador de Uruguay en Israel, Abraham Bernardo Graiver, un diplomático para nada distante de la política de Israel. Con una posición comprensiva hacia ese Estado, radicalmente diferente a la mantenida por la presidencia y la cancillería uruguaya que ignorando a Lemkin y su definición de “genocidio”, lo condenaron repetidamente, sosteniendo, como lo hizo Mujica, que el ataque a los palestinos de Gaza conformaba tal proceder. Una calificación extremadamente grave para cualquier colectividad judía, y más para su estado, que el ahora presidente entrante entendió necesario rectificar.

Un error menos grave, pero igualmente indigno de nuestra diplomacia fue la recepción de los inmigrantes sirios, víctimas de la guerra en su país. Si bien la tradición uruguaya de acoger a grupos perseguidos y sufrientes, tal como se realizó con las colectividades judías y en menor medida armenias a comienzos del siglo pasado constituye un precedente que honra al país, la forma a la que se apeló para ejecutarlo, no fue la mejor. No solamente porque se actuó precipitadamente, sin tomar los recaudos necesarios, sino porque se lo hizo apelando a procedimientos publicitarios, más pensados para la gloria del presidente invitante, que para la mejor inserción de los llegados a nuestra tierra. Tal como si en esta materia se pudiera actuar artesanalmente y desdeñando al Parlamento. Algo no muy diferente por su parte, a lo que simultáneamente ocurre con la inserción de los refugiados de Guantánamo.

Afortunadamente todo indica que estamos asistiendo a una política de mayor profesionalidad. Como lo promete el nombramiento para la difícil embajada de Uruguay en Argentina de un hombre negociador pero firme. En un cargo clave para el nuevo gobierno, que no podrá seguir jugando a la improvisación o ensayando el secreto respecto a nuestro voto en instancias decisivas, como lo fue el nombramiento de jueces en la Corte Internacional de la Haya. Allí aparentemente se inclinó por Susana Ruiz Cerruti, la postulante argentina, la misma que en el juicio contra Uruguay por la pastera encabezó la delegación de su país y se mostró absolutamente contrariada con el fallo. Va siendo hora que nuestro país retome su tradición internacional y con ello la senda de la seriedad. Muy lejos de la execrable diplomacia secreta.

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