Hebert Gatto
Hebert Gatto

Nubarrones inmerecidos

A estas alturas el hombre no promete horrores; los genera a ritmo de vértigo: con tres o cuatro órdenes ejecutivas diarias desorganiza el universo.

A estas alturas el hombre no promete horrores; los genera a ritmo de vértigo: con tres o cuatro órdenes ejecutivas diarias desorganiza el universo.

Desprotege la salud, desafía a la prensa, agrede a la ecología, viola tratados, suspende importaciones, conmina medios, niega auxilios sociales, intimida abortistas, sojuzga mujeres, aterroriza indocumentados, clausura fronteras, humilla al mundo para mayor gloria de su país. Todo en pocas jornadas. Multiplicando decisiones, el hombre totalizará mil cuatrocientos cuarenta por año. Suficientes para arrasar las normas que sustentan la civilización. Desgraciadamente menos de las que se piensan.

El hombre es Donald Trump, un símil Mussolini, capaz, según sugiere, de reencauzar el devenir humano. Un ser ajeno a la clase de los políticos, personajes desdeñables que, según argumenta, arruinaron su país; también a los intelectuales, penosos coleccionistas de falacias, y a los periodistas, calumniadores de profesión; no es industrial, científico, profesional o ciudadano medio; solo construye fortunas, particularmente la suya. Sostiene a viva voz que es sexista, xenófobo, belicista y enemigo del humanismo. La tradición que proclama que el hombre vale porque se autodetermina, por portar dignidad, por encima de grupos y fronteras.

En la senda de Joseph McCarthy y Barry Goldwater, cultiva el peor nacionalismo, el más hostil y peligroso, basado en la superioridad de los suyos y el desprecio de los otros. El mismo que lo lleva a pensar que la historia del mundo es una confabulación que, mermando el poder de su tribu, ha impedido que mantenga la delantera que merece. La que, según él, ocupó a mediados del siglo XX cuando un mundo agradecido se inclinaba a sus pies.

Hoy, afirma, ese perdido esplendor debe volver y, él, que para eso fue electo, valido del poder de su ejército, debe mostrar el camino. Sólo que Trump no fue escogido solamente para gobernar su país. Nadie ignora el papel de los EE.UU. en el mundo. Un poder único en la historia. En él apoya su nacionalismo armado -la esencia del fascismo- que debimos soportar hace apenas unas décadas. Las peores del siglo XX, cuando la gran duda era el alcance de las amenazas de un desconocido cabo alemán y hasta dónde conseguirían atajarlas las reservas culturales de la patria de Beethoven, Einstein y Goethe.

Hoy, bajo el eslogan de “America-first”, parecería que el círculo nuevamente se cerrara. Que deberemos reemprender el empinado camino para abatir prejuicios, recrear organismos comunes, re- institucionalizar derechos humanos, afirmar el liberalismo y la democracia y extender, paso a paso, la solidaridad entre hombres y naciones. Una tarea de Sísifo que no parece sencilla. La estolidez y el estrecho orgullo del poder, están armando la segunda contra-ilustración, despertando a la bestia, haciendo posible que siglos de desvelos por el progreso desemboquen en una pesadilla paranoica. Un retroceso histórico que, con todos sus débitos, la humanidad no merece. Demasiadas humillaciones en su largo periplo, para, al cabo, someterse a los delirios de un hombre, a su ignara prepotencia. Lamentos de asustados, entre Trump y el terrorismo, en la esperanza de que únicamente lo podrán enmendar quienes cargan con la enorme responsabilidad de haberlo elegido.

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