Hebert Gatto
Hebert Gatto

El mundo en que vivimos

Los recientes sucesos en Cataluña, no son un hecho aislado, ni en el panorama europeo ni en el escenario mundial. El avance de la derecha y el populismo resultan un fenómeno inocultable que unido al declive ideológico de las izquierdas, cuyas tesis centrales auguran un ambiente donde las amenazas a la democracia y a los derechos humanos resultan cada vez más vigorosas. Tal como si el pensamiento democrático-liberal emanado de las grandes revoluciones atlánticas, duramente confrontado durante el siglo XX por la irrupción desde ambos extremos de los totalitarismos, siguiera siendo desafiado.

En el viejo continente, cuyos logros progresistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial hacia un cosmopolitismo y una institucionalidad volcada al pluralismo y la autonomía de los ciudadanos han sido notorios, los mismos resultan cuestionados por el resurgimiento de una extrema derecha nacionalista y populista mediante una política que alimentada por la inmigración y la amenaza terrorista islámica se nutre de tales fenómenos. Pero que a su vez resulta si acaso más peligrosa por la forma en que oculta sus designios, sustentándose en los prejuicios mayoritarios de la población.

Por su lado, en América la insólita elección de Donald Trump, un nacionalista xenófobo que bajo el lema de priorizar los intereses de su país agrede al mundo entero, enfila por el mismo rumbo. Al unísono él y el Reino Unido, invocando consignas nacionalistas, abandonan el primero la Unesco y el segundo la Comunidad Europea, como si buscaran bajarse del planeta. Salvo que en este caso, munido de su supremacía militar unida al infantilismo político de la mayoría de su población, los E.E.U.U. desafían la convivencia universal, mientras ambas colectividades agreden principios de convivencia que a través de siglos la humanidad laboriosamente construyó. Tal como si el progreso civilizatorio sufriera de pronto un apagón y comenzara a marchar en reversa, disociando el avance científico y técnico del progreso moral. Al mismo tiempo Rusia y China, dos autoritarismos a espaldas de sus pueblos, pese a sus diferencias con Occidente avanzan en procura de su engrandecimiento nacional, ambos ignorando la democracia, descalificándose como alternativas válidas. Una situación internacional que, como comentamos, nuevamente nos remite a la dramática situación de la segunda y tercera década del siglo veinte.

Todo ocurre como si la antigua oposición entre izquierdas y derechas, que constituyera la esencia misma de la política moderna, una universalista, movida por la búsqueda de la igualdad a costa de la libertad, y la otra particularista, motivada a sacrificar la primera a costa de la segunda, hubiera desaparecido, tragada por una homogeinizadora posmodernidad. Ambas ideologías demostrando desde su extremismo su incapacidad para armonizar sus respectivos objetivos. Sin embargo, el nacionalismo, una constante histórica, se mantiene lozano, y ahora es también adoptado por la izquierda. Si el mundo pudo marchar hacia el cosmopolitismo, la patria universal soñada por Kant, donde la ciudadanía superaba al egoísmo etnicista, al presente ese sueño parece abandonado. Si efectivamente ello sucediera, implicará una tragedia sin par: el fin del espíritu ilustrado.

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