Hebert Gatto
Hebert Gatto

El legado del siglo XX

A cien años de su ocurrencia parecería que está más que justificado volver la mirada hacia la revolución rusa y la concepción sociopolítica que la misma llevó a la práctica en más de un tercio del mundo, un hecho que marcó a fuego al pasado siglo XX.

El siglo corto, como acertadamente lo llamó Eric Hobsbawm, que comenzado en mitad de los fragores de la Primera Guerra Mundial con el terremoto soviético, terminó con el derrumbe de esta experiencia por pura implosión a fines de la década de los ochenta de la pasada centuria. Un lapso de setenta años marcado por un enfrentamiento ideológico sin precedentes, con dramáticas derivaciones en el plano social y militar, que contó con tres protagonistas manifiestos: el comunismo, el fascismo y el liberalismo, inmersos en un choque frontal cuya indecisa resolución señala los senderos por donde aún transitamos. Como si el siglo XX hubiera servido para advertirnos la ruta que no debemos seguir, sin ilustrarnos positivamente sobre cómo enfrentar el futuro.

No resulta necesario argumentar respecto a las enormes diferencias que separan la derecha fascista del izquierdismo socialista, empezando por las enfrentadas clases sociales que subyacen a ambas ideologías, sus distancias en relación a la economía y sus divergencias en sus filosofías de la historia. Sin perjuicio que sus respectivas diferencias con el liberalismo, el tercero en discordia, sean menos fáciles de enumerar, según se atienda a los aspectos institucionales y políticos o a la visión económica de sus desafiantes, tanto de derecha como de izquierda.

Todo ello sin olvidar que, en los hechos, su feroz contienda traducida en una guerra teratológica que costó más de cincuenta millones de muertes, no impide que fascismos y comunismos presenten una característica común que obliga, por su centralidad, a su inclusión en un tipo común.

Nos referimos al totalitarismo que comparten y ambos utilizaron en su pugna con el liberalismo. En tanto propusieron como elemento central de su propuesta una organización social apriorística, ajena a la voluntad de sus integrantes, privados de voz y voto en su proceso de concepción. En el primer caso mediante la imposición autoritaria de la socialización de la economía con la consiguiente desaparición de la propiedad privada. En el segundo mediante la expansión nacional a través de la preeminencia del Estado total y la pureza racial. En ambos casos pretendiendo superar todo individualismo.

Esta imposición es la clave que las diferencia de la ideología liberal. Para ésta no existe una fórmula de organización en cualquiera de sus aspectos que sea anterior y ajena a la voluntad ciudadana. Son sólo ellos los que escogen y modelan la "buena sociedad". Todo les es posible mientras respeten la reproducción de ese modelo. Tal la diferencia entre las dos tipologías sociales que, cambiando protagonistas, se enfrentaron en el siglo XX. La sociedad totalitaria presente, tanto en el fascismo como en el comunismo y el liberalismo-democrático, el realmente cuestionado durante ese lapso. En definitiva este último triunfó pero, descartado el socialismo y el racismo como paradigmas, aún le falta lograr la equidad social que la modernidad demanda. Tal el reto del siglo XXI.

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