Hebert Gatto
Hebert Gatto

Insurrección y revolución

Más de una vez hemos comentado que nuestro Presidente suele hablar más de la cuenta, una facundia por defecto que lo lleva a generalizaciones obvias aunque las pronuncie en tono de admonición telúrica, con resonancias a autenticidad campesina. Un viejo Vizcacha mejorado.

Más de una vez hemos comentado que nuestro Presidente suele hablar más de la cuenta, una facundia por defecto que lo lleva a generalizaciones obvias aunque las pronuncie en tono de admonición telúrica, con resonancias a autenticidad campesina. Un viejo Vizcacha mejorado.

Esto hace que en ciertas ocasiones, particularmente cuando se refiere a lo que fue su propia ideología juvenil, la falta de autocrítica, lo impulse a expresarse con mayor sinceridad y osadía que otros comentaristas, mucho más si a su vez, son gobernantes. En este sentido el miércoles 17, de regreso de una reunión en Argentina, expresó que si en el pasado ciertas guerras pudieron ser calificadas como justas, hoy el avance de la tecnología ha hecho que ninguna lo sea, en tanto los que sufren con ellas son invariablemente los inocentes y débiles. Una afirmación que viniendo de quien viene, probablemente uno de los últimos guerrilleros continentales y como tal típico representante del mundo de los sesenta y setenta en América, merece atención.

No es aquí nuestro interés analizar esta proposición, que como toda generalización suele admitir alguna excepción que debilita su alcance. Por más que el potencial destructivo de una guerra, aún una casera y localizada es de tal magnitud que desaconseja utilizar el instrumento bélico, por más justificada que este aparezca.

Probablemente hoy día, incluso el viejo principio de resistencia a la opresión, tan apreciado por los liberales como justificación de la rebeldía popular frente a las tiranías, sólo admita aplicación en casos extremos, a falta de otro recurso y además, cuando exista alguna posibilidad razonable de triunfo.

En este mismo sentido recuerdo el desasosiego, que a muchos nos causó la frase del Che Guevara, en ocasión de la crisis de los cohetes en Cuba, cuando enfrentado a su retiro por parte de los soviéticos, manifestó que hubiera preferido que, estallara la guerra y la isla y sus habitantes se hundiera en el océano antes de soportar la humillación de ver cómo eran desmontados. Una típica declaración de irresponsabilidad moral a la que son afectos algunos principistas. Especialmente cuando el dogmatismo los domina.

No es el caso de Mujica, que ni siquiera se refirió a la guerrilla que en su momento protagonizó, pero que visto el contexto, tregua unilateral de los insurgentes colombianos, su alcance no parece dudoso. Condenó toda violencia, incluyendo la revolucionaria que él y su grupo protagonizaron en su momento. Por más que su condena excediera ese hecho. En realidad enterró definitivamente aquél apotegma de Marx en el Manifiesto Comunista que tanto cultivó la izquierda mundial, según el cual los revolucionarios “declaran abiertamente que sus fines pueden ser alcanzados solo por la destrucción de todas las condiciones sociales existentes”. O aquel reconocimiento de Lenin en “El Estado y la Revolución”: “El reemplazo de los burgueses por un estado proletario es imposible sin una revolución violenta”.

La guerrilla tupamara en sus actos, así como la izquierda partidaria uruguaya en sus ideas, se basaba en las ideas transcriptas: la revolución o destruía el estado capitalista o era transformismo chirlo, al estilo de la denostada social democracia. Hoy nuestro Presidente nos recuerda que la violencia ya no cuenta, es siempre injusta. Nos reconforta escucharlo, aunque su condena resulte tan tardía. Los inocentes ya la sufrieron, aquí y en gran parte del mundo.

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