Hebert Gatto
Hebert Gatto

Historia y política

Como surge de especialistas y filósofos sociales contemporáneos, como Skinner, Pocock, Gadamer o Habermas, la historia, acaecimiento y relato de hechos pasados, no es objetiva.

Como surge de especialistas y filósofos sociales contemporáneos, como Skinner, Pocock, Gadamer o Habermas, la historia, acaecimiento y relato de hechos pasados, no es objetiva.

El devenir nunca es aprehendido directamente, como se creyó anteriormente, su pasaje a la conciencia está mediado por el fenómeno del lenguaje, “el orden a través del cual pensamos” como decía Foucault. El hombre y su conciencia es asimismo un producto mutante de su historia y de sus medios de vida materiales. Dados estos condicionantes resulta imposible una visión unitaria o “verdadera” del acontecimiento histórico, una mirada que exprese la “objetividad de los hechos” y permita distinguir un único derrotero que enlace el pasado con el presente. Existen múltiples miradas y perspectivas. Esto que constituye una evidencia que destruye muchas certezas, también colinde fuertemente con los proclamados asertos científicos de la historia de orientación izquierdista, en especial la volcada al marxismo, autoconsiderado una disciplina infalible en sus predicciones.

Por su lado, el nuevo relativismo no postula que la historia se confunda con la poesía o con la prosa, o que cualquier hipótesis pueda cumplir su función. Sigue existiendo una tensión imborrable entre lo sucedido y lo posteriormente interpretado. Del mismo modo que la democracia, los derechos humanos y la racionalidad continúan siendo patrones valorativos de estimación histórica, aunque exijan evitar el vicio del anacronismo. Tales restricciones no impidieron el avance del pluralismo y la diversidad interpretativa, que paulatinamente condujeron al rechazo del determinismo así como a la comprobación de que nos preexiste una estructura de significados (el lenguaje) que no podemos evadir ni aprehender plenamente como operó en el pasado. Este proceso de desgaste del determinismo terminó de consolidarse con la implosión del mundo soviético.

Ocurrió sin embargo que el mundo subdesarrollado logró resistir el temporal relativista y mantener, por más que acotándola, la hegemonía del marxismo. En Uruguay, en el plano político y sindical ello se consiguió mediante la introducción del “progresismo” como ambiguo cobertor ideológico, mientras que en ámbitos específicamente culturales como los académicos, docentes y ensayísticos, de naturaleza más neutra, el marxismo funcionó como una suerte de referencia difusa, no explícita pero presente: un ubicuo patrón de evaluación y señalamiento de criterios. Es esta permanencia hegemónica la que explica lo que está sucediendo con la cultura nacional.

Para ella la democracia en el Uruguay dejó de existir con el Presidente Jorge Pacheco, los Tupamaros fueron un movimiento virtuoso abocado a defender a las instituciones, la agitación obrera y estudiantil nunca existió y la dictadura obedeció a imposiciones del capital extranjero, etc., etc. Una crítica que no se centra en la maldad del neoliberalismo -cuyos defectos no son evaluados seriamente- sino en su descalificación del rol del Estado en la economía, contrario al socialismo de raíz estatal que debería advenir fatalmente. De allí su anomalía. De tal forma que deformar la historia y su rol en ella no es un ejercicio caprichoso, es la consecuencia necesaria de aferrarse a un conjunto de pautas de las que no pueden desprenderse bajo riesgo de abandonar sus referencias ideológicas. Lo que para la izquierda uruguaya equivaldría a perder su religión.

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